¿Sentiste o entendiste?

LLe pregunté a una amiga de qué había tratado el sermón del domingo… y no supo responder. Había salido de su iglesia sintiéndose maravillosamente, pero no se llevó ni una sola verdad que pudiera recordar al día siguiente. Esa conversación —real, cercana, sin ninguna mala intención de su parte— se convirtió en el punto de…

LLe pregunté a una amiga de qué había tratado el sermón del domingo… y no supo responder. Había salido de su iglesia sintiéndose maravillosamente, pero no se llevó ni una sola verdad que pudiera recordar al día siguiente.

Esa conversación —real, cercana, sin ninguna mala intención de su parte— se convirtió en el punto de partida para hablar de algo que casi nadie quiere nombrar: el emocionalismo en las iglesias. Y ojo, que no es lo mismo que emoción. Esa diferencia es, precisamente, el corazón de este tema.

Emoción sana no es lo mismo que emocionalismo

Dios nos dio las emociones, y la fe verdadera toca el corazón profundamente. El problema no es sentir. El problema es cuando la emoción se convierte en la medida de nuestra fe: cuando vamos a la iglesia a buscar una descarga —un “alto” espiritual— y medimos todo por lo que sentimos, no por lo que entendemos. La pregunta incómoda es: ¿sentiste la presencia de Dios, o sentiste la música, las luces y el ambiente?

El orden bíblico que se ha invertido

En el video explico que el orden correcto es: primero entender, de ahí nace la emoción genuina, y de ahí la obediencia. Entendimiento, afecto, acción. Cuando se invierte —cuando se pone la emoción primero, sin verdad que la sostenga— la adoración deja de serlo y se convierte en manipulación.

Jonathan Edwards, en su clásico Tratado sobre las afecciones religiosas, lo expresó con una imagen que corta como bisturí: la verdadera religión incluye afecciones profundas, pero “calor sin luz” no viene de Dios. Es decir, sentir mucho sin entender nada no es espiritualidad; es otra cosa.

“Quítate el sombrero, no la cabeza”

El predicador Sugel Michelén advierte que, cuando una persona se acostumbra a esa descarga emocional que no nace de la verdad, sin darse cuenta queda —en sus palabras— “vacunada” contra la exposición seria de las Escrituras: llega el punto en que ya no soporta una enseñanza profunda porque no le da esa adrenalina. Y cita una frase de Chesterton que resume todo: “cuando vayas a la iglesia, quítate el sombrero, no la cabeza”.

Porque Dios nunca nos pidió apagar la mente para adorarlo. Al contrario, Jesús dijo que el gran mandamiento incluye amar a Dios “con toda tu mente” (Mateo 22:37). Y la adoración que Él busca es “en espíritu y en verdad” (Juan 4:24) —las dos cosas, no una sola.

El remedio

No es volverse frío ni robótico. El remedio es recuperar el orden: una mente alimentada por la verdad de Dios, que produce un corazón encendido de verdad, que produce una vida transformada de verdad.


📖 Así que te dejo la misma pregunta que le hice a mi amiga: el próximo domingo, cuando salgas de tu reunión… ¿podrás decir qué aprendiste, o solo cómo te sentiste?

💬 Cuéntame en los comentarios: ¿cuál ha sido ese sermón que transformó tu manera de pensar, y no solo de sentir?

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No soy predicadora ni pastora. Soy comunicadora. Sin miedo a las preguntas incómodas.

Soli Deo Gloria.

Fuentes citadas en el video:

  • Artículo de G3 Ministries sobre el emocionalismo en la adoración contemporánea
  • Sugel Michelén — intervenciones sobre emocionalismo y adoración
  • Jonathan Edwards — Tratado sobre las afecciones religiosas
  • John MacArthur — enseñanzas sobre misticismo y adoración

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