“Es que yo no siento a Dios.” Esa frase, tan común en círculos cristianos, esconde una confusión peligrosa: la idea de que la fe se mide por lo que sentimos, y no por lo que obedecemos.
Jesús fue claro: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama” (Juan 14:21). No dijo “el que siente algo especial”. La emoción es fruto, no fundamento. Y cuando la ponemos como base de la fe, construimos sobre arena.
La cultura de la experiencia
Vivimos en una época que mide todo por la experiencia. Si un servicio “se sintió” poderoso, fue bueno. Si la alabanza “me tocó”, Dios estuvo ahí. Si no sentí nada, algo anda mal: con la iglesia, con el pastor, conmigo o con Dios.
Muchas iglesias, sin darse cuenta, han reforzado esta idea. Luces, música diseñada para llevar a un clímax emocional, invitaciones a “sentir la presencia”. No hay nada malo en que la adoración nos conmueva. El problema es cuando la emoción se convierte en la prueba de que Dios está presente, y su ausencia en la prueba de que no lo está.
Lo que la Escritura dice del corazón
La Biblia no desprecia las emociones. Los Salmos están llenos de gozo, lágrimas, angustia y alabanza. Jesús lloró. Pero la Escritura también nos advierte que el corazón no es una guía confiable:
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9)
Si el corazón puede engañarnos, entonces no puede ser el termómetro de nuestra relación con Dios. Lo que sentimos cambia según cómo dormimos, lo que comimos, las hormonas, el estrés o el clima. Lo que Dios ha dicho no cambia.
Amar es obedecer
Juan, el discípulo amado, el que recostó su cabeza en el pecho de Jesús, es quien más insiste en esta verdad:
“Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos.” (1 Juan 5:3)
En la Biblia, el amor a Dios no se define como un sentimiento que experimentamos, sino como una lealtad que vivimos. Obedecer cuando no sientes nada no es hipocresía. Muchas veces es la forma más pura de amor, porque no depende de recibir algo a cambio.
Cuando Dios parece estar en silencio
El profeta Habacuc lo expresó de una manera que me ha acompañado en mis propias temporadas secas:
“Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos… con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación.” (Habacuc 3:17-18)
Ese “con todo” es una decisión, no un sentimiento. Y el Salmo 42 nos muestra otra herramienta: el salmista no escucha a su alma abatida, le habla. “¿Por qué te abates, oh alma mía…? Espera en Dios” (Salmos 42:5). El predicador galés Martyn Lloyd-Jones enseñaba que buena parte de nuestra tristeza espiritual viene de escucharnos a nosotros mismos en lugar de predicarnos la verdad.
Qué hacer cuando no sientes nada
- Sigue haciendo lo que sabes que es correcto: leer la Palabra, orar y congregarte. La obediencia no espera a que lleguen las ganas.
- Háblale a tu alma con la Escritura, como en el Salmo 42, en lugar de escuchar solo lo que sientes.
- Recuerda lo que Dios ya hizo: la cruz no se vuelve menos real porque hoy no sientas nada.
- No estés sola: comparte tu sequedad con alguien maduro en la fe. El aislamiento lo empeora.
- Espera: las emociones suelen volver como fruto de una fe obediente, no como condición para tenerla.
Mi testimonio, en el video
En el video no solo hablo del tema. Te cuento un testimonio personal en el que yo misma tuve que enfrentar esta pregunta en carne propia: ¿qué haces cuando Dios parece estar en silencio y no sientes nada? Uno mi historia con lo que la Escritura realmente enseña sobre las emociones, los sentimientos y la obediencia.
Lumbrera Media | Soli Deo Gloria



