Si alguno me ama |#PaulWasher:


En el evan­ge­lio de Juan hay un tex­to que tiene gran re­le­van­cia so­bre lo que sig­ni­fi­ca para Cris­to mo­rar en el creyen­te: Je­sús respon­dió y le dijo: "Si algu­no me ama, guarda­rá Mi pa­la­bra; y Mi Pa­dre lo ama­rá, y ven­dre­mos a él, y ha­re­mos con él mo­ra­da” (14:23). Je­sús no está en­se­ñan­do que el venir a mo­rar en el cre­yen­te se basa en la mag­ni­tud del amor del cre­yen­te ha­cia Él o el ri­gor de la obe­dien­cia del cre­yen­te. El amor por Cris­to y el guar­dar Su Pa­la­bra no asegura Su mo­ra­da, sino más bien demuestran su rea­li­dad. Sa­be­mos que hemos na­ci­do de nue­vo y que Cris­to mora en no­so­tros a tra­vés del Es­pí­ri­tu por­que el amor que te­ne­mos por Él no exis­tía an­tes, y de­mos­tra­mos una nue­va re­la­ción con Su Pala­bra que se ca­rac­te­ri­za por una obediencia a ella cada vez ma­yor. La enseñan­za bí­bli­ca se con­tras­ta con la idea po­pu­lar de que las per­so­nas pue­den permane­cer fir­mes so­bre la es­pe­ran­za de su sal­va­ción solo por­que una vez ora­ron y pidie­ron a Jesús que vi­nie­ra a sus corazones. Aunque no ex­pe­ri­men­ta­ron ningún senti­mien­to in­ter­no o evi­den­cia exter­na de que Cris­to vino a mo­rar en ellos, deben per­ma­ne­cer fir­mes solo por­que Él lo ha pro­me­ti­do y ellos lo han pe­di­do con toda sin­ce­ri­dad. Esto abor­da la mora­da de Cris­to como una rea­li­dad pasi­va, in­dis­cer­ni­ble y sin po­der. La salva­ción no es nada más que un bo­le­to para el cie­lo, sin ex­pec­ta­ti­va al­gu­na de que ten­drá un efec­to tan­gi­ble so­bre el ca­rác­ter de una per­so­na o so­bre su rela­ción con Dios. Aun­que esta interpreta­ción sea po­pu­lar, no tie­ne fun­damen­to bí­bli­co. Aun cuan­do una per­so­na pue­da ex­pe­ri­men­tar una ma­yor garan­tía cuan­do con­si­de­ra su conversión, esta con­si­de­ra­ción no es el único fac­tor para de­ter­mi­nar la validez de su pro­fe­sión de fe en Cristo. Hay otros fac­to­res im­por­tan­tes e indispen­sa­bles, ta­les como la obra conti­nua de Dios en la vida del creyente, un arre­pen­timien­to más profun­do, cre­ci­mien­to de la fe, una mayor gra­ti­tud por Cris­to y una sumisión más com­ple­ta a Su vo­lun­tad.

Paul Washer
Tomado del libro: El Llamado del Evangelio y la Conversión Verdadera.

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