Las palabras y los hechos | #ChristopherShaw

 

Entre tanto, cada uno decía a su compañero: «Venid y echemos suertes, para que sepamos quién es el culpable de que nos haya venido este mal». Echaron, pues, suertes, y la suerte cayó sobre Jonás. Entonces ellos le dijeron: Explícanos ahora por qué nos ha venido este mal. ¿Qué oficio tienes y de dónde vienes? ¿Cuál es tu tierra y de qué pueblo eres? Él les respondió: Soy hebreo y temo a Jehová, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra. Jonás 1.7–9

Como vimos en el devocional anterior, cuando Dios quiere hablarnos, lo puede hacer usando cualquier instrumento que él escoja. Aun en una cosa tan mundana como el echar suertes, el Señor puede dirigir todas las cosas para que salgan conforme a su perfecta voluntad. Los marineros, totalmente carentes de discernimiento, llegaron a la «conclusión» de que el mal que vivían era por culpa de Jonás y lo interrogaron acerca de su situación.

Quisiera detenerme un instante en la respuesta de Jonás: «Soy hebreo, y temo a Jehová, Dios de los cielos, que hizo el mar y la tierra». El diccionario bíblico define la palabra «temor» como una actitud de respeto, reverencia y adoración. El término se usa para describir una postura de sumisión a una figura que tiene mayor autoridad que la de uno mismo. Por esta razón, el temor normalmente va de la mano de la obediencia, porque cuando este ser superior habla, sus palabras tienen un peso que las ubica por encima de cualquier consideración personal.

Se pueden decir muchas cosas de Jonás. Hay una cosa, sin embargo, que podemos afirmar sin temor a equivocarnos: no era, ¡ni por casualidad!, un hombre que temía a Dios. En su declaración, no solamente dice que lo teme, sino que reconoce que él hizo el mar y la tierra.

¿Cómo puede un hombre, que afirma que Dios es el creador de todas las cosas, estar arriba de un barco intentando huir de la presencia del que hizo el mismo mar en el cual navega? ¡Es absurdo!

La declaración de Jonás revela la clásica contradicción que existe entre las palabras y los hechos de quienes creen solamente con la cabeza. El profeta, como buen israelita, tenía todos las respuestas correctas memorizadas. Quizás hasta se las compartía a sus vecinos o compañeros de trabajo y se las enseñaba a sus hijos. Proclamaba su compromiso con estas verdades, pero su vida mostraba que en su corazón había otros principios en juego.

Muchas veces nosotros también hemos transitado por este camino, afirmando el valor de las verdades eternas de Dios, pero viviendo conforme a nuestros principios personales. Esta incongruencia, en los más sensibles, siempre va acompañada de cierta vergüenza. Al igual que el apóstol Santiago, exclamamos: «Hermanos míos, esto no debe ser así» (3.10).

Para pensar:

¿Cuáles son las áreas de su experiencia espiritual donde nota que sus palabras no coinciden con sus actos? ¿Qué pasos puede tomar para acortar la distancia entre lo que dice y lo hace? Tome un momento y pídale al Señor que él trabaje en su vida para que lo que cree con la mente se instale también en su corazón.

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