Una lección de vida 

«Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros, porque ejemplo os he dado para que, como yo os he hecho, vosotros también hagáis». — Juan 13.14–15

Imagine por un momento que Jesús hubiera enseñado los principios, en esta lección, de la misma manera que nosotros los enseñamos. Primeramente, hubiera anunciado con bastante antelación la fecha de un «seminario sobre cómo servir», para que los discípulos vayan reservando la fecha e, incluso, invitando a algunos otros interesados. En privado, Cristo dedicaría largas horas a estudiar los textos bíblicos acerca del tema del servicio, armando cuidadosamente los argumentos a favor de los diferentes aspectos de este tema. En la fecha establecida, los hubiera reunido y habría compartido los resultados de sus estudios, presentando amplias evidencias acerca de la importancia del servicio. No hubiera terminado su lección sin una seria exhortación a que los discípulos practicaran lo que habían escuchado en «clase».

Usted ya se está dando cuenta de la enorme distancia que separa nuestros esfuerzos por capacitar a los santos, de las lecciones que Cristo les enseñó a los discípulos. Tome nota de su estrategia. No anunció nada. No preparó a los discípulos con un discurso. No les dio ninguna explicación acerca de lo que iba a hacer. En el momento menos esperado, cuando estaban todos relajados y disfrutando de la cena, se levantó y comenzó los preparativos para lavarles los pies.

¿Se imagina las miradas entre los discípulos? ¿Qué cosa se proponía hacer ahora este Maestro tan poco tradicional? Terminados los preparativos, comenzó a lavarles los pies. Aún no procedía de sus labios ninguna explicación. Los discípulos le observaban, seguramente con una mezcla de vergüenza y curiosidad. Cuando llegó a Pedro, el «vocero» del grupo se atrevió a cuestionar las acciones de Jesús. Recién en este momento el Maestro ofrece una explicación, pero es escueta y no aclara nada.

Cuando volvió a sentarse en la mesa, Jesús se preparó para darles la conclusión de la lección que habían visto. Salvo el diálogo con Pedro, no había proferido palabra alguna. Sin embargo, les acababa de enseñar una de las lecciones más dramáticas que habían aprendido en los tres años compartidos con él.

No hace falta decir mucho más sobre el tema. Cómo líder, sus lecciones más dramáticas y efectivas, pueden ser dadas sin usar las palabras. Nosotros, sin embargo, tenemos una dependencia enfermiza en las palabras como medio de enseñanza. Nuestras reuniones abundan de palabras. Los miembros de nuestras congregaciones están expuestos a una interminable sucesión de clases y predicaciones. ¿Cuánto de todo esto permanece? Me temo que muy poco.

Cristo agregó palabras a su ejemplo. No dejó librado al entendimiento de cada discípulo lo que había querido enseñar. Pero sus palabras fueron la conclusión perfecta a una lección que ya había sido grabada a fuego en sus corazones. Simplemente les ayudó a elaborar lo que habían visto.

Para pensar:

Howard Hendricks comparte esta observación con los que son maestros: «La educación -la verdadera educación- consiste simplemente en una serie de situaciones apropiadas para impartir enseñanza». ¡Procure aprovechar al máximo esas situaciones!

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