Josué 1:8: la meditación y la promesa de éxito 

En Josué 1:8 hay una conexión bíblica específica entre el éxito y la práctica de la meditación en la Palabra de Dios. Cuando el Señor le encargó a Josué que sucediera a Moisés como líder de su pueblo, le dijo: «Estudia constantemente este libro de instrucción. Medita en él de día y de noche para asegurarte de obedecer todo lo que allí está escrito. Solamente entonces prosperarás y te irá bien en todo lo que hagas».

     Debemos recordar que la prosperidad y el éxito de los que el Señor hablaba son la prosperidad y el éxito a los ojos de Dios y no necesariamente a los del mundo. Desde la perspectiva del Nuevo Testamento, sabemos que la principal aplicación de esta promesa serían las riquezas eternas y el éxito centrado en Cristo, la prosperidad del alma y éxito espiritual (aunque cierta medida de éxito por nuestro esfuerzo humano generalmente también ocurrirá cuando vivimos de acuerdo a la sabiduría de Dios). Sin embargo, habiendo hecho esta salvedad, no perdamos de vista la relación entre la meditación en la Palabra de Dios y el éxito verdadero. El éxito verdadero se les promete a los que meditan en la Palabra de Dios, que piensan profundamente en las Escrituras no solo una vez al día, sino en momentos a lo largo del dia y la noche. Meditan tanto que las Escrituras saturan su conversación. El fruto de su meditación es la acción. Hacen lo que encuentran escrito en la Palabra de Dios y, como consecuencia, Dios hace prosperar su camino y les concede el éxito. ¿Por qué? Porque esforzarse por «obedecer todo lo que allí está escrito» en la Palabra de Dios es solo una de las maneras bíblicas de describir lo que el Nuevo Testamento caracterizaría como la busqueda de la semejanza a Cristo, y a Dios le encanta bendecir la conformidad a su Hijo. Desde la eternidad pasada, Dios predestinó que todos los que son suyos llegaran a ser como Cristo (vea Romanos 8:29). Para toda la eternidad futura, todos los que están en Cristo serán glorificados (vea Romanos 8:30), es decir, «seremos como él» (1 Juan 3:2): gente sin pecado, perfecta, que refleja la gloria de Dios para siempre. Así que, durante nuestra peregrinación terrenal, cuanto más obedezcamos la Palabra de Dios cuanto más lleguemos a ser como Cristo más cumplimos el plan eterno de Dios de hacernos como su Hijo. Por eso es que a Dios le encanta bendecir la obediencia. Así como la meditación lleva a la obediencia, la obediencia resulta de la bendición de Dios. No se nos dice cuánto de esa bendición es material y cuánto es espiritual, o qué parte de esa bendición es en este mundo y qué parte en el venidero, pero sabemos que Dios sí bendice la obediencia.

     ¿De qué manera nos cambia la Disciplina de la meditación y nos coloca en el camino de la bendición de Dios? David dijo en el Salmo 39:3: «Cuanto más pensaba, más me enardecía». La palabra hebrea que se traduce aquí como «pensaba» está relacionada estrechamente con la que se traduce como «meditar» en Josué 1:8. Semejante a la meditación de David -que provocó que el fuego de su enojo ardiera más—, cada vez que escuchamos, leemos, estudiamos o memorizamos el fuego de la Palabra de Dios (vea Jeremías 23:29), la suma de la meditación se transforma en un fuelle sobre el fuego de lo que hemos encontrado, que hace que arda más intensamente en nuestra experiencia en ese momento. Así como cuando un fuego arde con mayor intensidad irradia más luz y más calor, cuando nosotros le aplicamos el fuelle de la meditación al fuego de la Palabra de Dios, vemos más luz (percepción y entendimiento) y sentimos más calor (pasión por la acción obediente). Como resultado de este crecimiento en la obediencia de ser como Cristo, dice el Señor: «Solamente entonces prosperarás y te irá bien en todo lo que hagas» (énfasis añadido).

     Además de un fuelle sobre un fuego, la meditación también puede compararse con permanecer cerca del fuego. Imagine que usted estuvo afuera en un día helado, y luego entra adonde hay una chimenea con fuego vivo y caliente. Mientras camina hacia él usted siente mucho frío. Extiende sus manos hacia el fuego y las frota enérgicamente durante los dos segundos que tarda en pasar más allá del resplandor y el calor. Cuando llega al otro lado de la sala, cae en cuenta: Todavía tengo frío. ¿Qué le pasa? ¿Hay algo mal dentro de usted? ¿Es usted solo un “receptor de calor» de segunda? No, el problema no es usted; es su método. Usted no se quedó cerca del fuego. Si quiere calentarse, tiene que permanecer cerca del fuego hasta que le caliente la piel, luego los músculos, y luego sus huesos, hasta que haya entrado completamente en calor. 

     El no permanecer es la razón que muchos no recuerdan o no logran calentar su corazón cerca del fuego de la Palabra de Dios. Sus ojos tardan dos segundos en pasar por el fuego del primer versículo del capítulo que están leyendo. Luego tardan más o menos dos segundos en leer el versículo dos. Y después, otros dos segundos mientras sus ojos pasan por el versículo tres, y así hasta terminar la lectura. No importa cuántos episodios de dos segundos tenga usted; rara vez recordará o se conmoverá por algo que mire durante dos segundos. Por consiguiente, es probable que el problema no sea su memoria ni su corazón frío, sino su método. Entonces, ¿por qué no recuerda lo que lee en la Biblia? ¿Podría ser simplemente que no deja que su mente piense detenidamente en algo que ha leído? ¿Y por qué la asimilación de la Palabra de Dios a menudo nos deja tan fríos y parece tener tan poco éxito en nuestra vida espiritual? El pastor puritano Thomas Watson tiene la respuesta:

«El motivo por el que salimos tan fríos después de leer la palabra es porque no nos calentamos en el fuego de la meditación».

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Extracto tomado de: Disciplinas Espirituales Para La Vida Cristiana
Donald S. Whitney
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