El Buen Pastor mismo nunca estuvo lejos de la abierta controversia con los habitantes más visiblemente religiosos en
todo Israel. Casi cada capítulo de los Evangelios hace alguna referencia a su continuada batalla con los principales hipócritas de su época, y Él no hizo esfuerzo alguno por ser encantador en sus encuentros con ellos. No los invitó a dialogar o a participar en un amigable intercambio de ideas.
Como vamos a ver, el ministerio público de Jesús apenas acaba de comenzar cuando Él invadió lo que ellos consideraban territorio propio: el templo en Jerusalén, y pasó a desbocarse contra su mercenario control de la adoración de Israel. Él hizo lo mismo durante la semana final antes de su crucifixión, inmediatamente después de su entrada triunfal en la ciudad. Uno de sus últimos discursos públicos más importantes fue el solemne pronunciamiento de siete ayes contra los escribas y fariseos; fueron maldiciones formales contra ellos. Este sermón fue lo más alejado de un dialogo amigable. El relato que Mateo hace de él llena todo un capitulo (Mateo 23), y como observamos antes, está totalmente desprovisto de palabras positivas o alentadoras para los fariseos y sus seguidores. Lucas destila y resume todo el mensaje en tres breves versículos: “Y oyéndole todo el pueblo, dijo a sus discípulos: Guardaos de los escribas, que gustan de andar con ropas largas, y aman las salutaciones en las plazas, y las primeras sillas en las sinagogas, y los primeros asientos en las cenas que devoran las casas de las viudas, y por pretexto hacen largas oraciones; éstos recibirán mayor condenación” (Lucas 20: 45-47).
Ese es un resumen perfecto de los tratos de Jesús con los fariseos; es una feroz denuncia, una sincera diatriba sobre la gravedad de su error. No hay conversación, no hay colegialidad, no hay dialogo, y no hay cooperación. Solo confrontación, condenación, y -como registra Mateo- maldiciones contra ellos.
La compasión de Jesús es claramente evidente en dos hechos que agrupan esta declamación. En primer lugar, Lucas dice que cuando Él se acercaba a la ciudad y observó todo su panorama por última vez, se detuvo y lloró sobre ella (19:41-44). Y en segundo lugar, Mateo registra un lamento parecido al final de los siete ayes (23:27). Por tanto, podemos estar totalmente seguros de que cuando Jesús lanzó esta diatriba, su corazón estaba lleno de compasión.
Sin embargo, esa compasión está dirigida a las víctimas de la falsa enseñanza, y no a los falsos maestros mismos. No hay indicio de comprensión, ninguna proposición de clemencia, ni rastro de bondad, ningún esfuerzo por parte de Jesús de ser “amable” con los fariseos. Además, con esas palabras Jesús pronunció de modo formal y claro el destino de ellos y los señaló públicamente como una advertencia para otros.
Ese es el polo opuesto a cualquier invitación al dialogo. El no dice: “Ellos son básicamente buena gente. Tienen piadosas intenciones; tienen algunas perspectivas espirituales válidas. Mantengamos una conversación con ellos”. Por el contrario, Él dice: “Mantengan las distancias. Estén en guardia contra su estilo de vida y su influencia. Síganlos, y se estarán dirigiendo a la misma condenación de ellos”.
Este enfoque seguramente habría otorgado a Jesús un resonante derramamiento de fuerte desaprobación por parte de los actuales guardianes del protocolo evangélico. De hecho, su enfoque de los fariseos desacredita por completo los puntos cardinales de la sabiduría convencional entre los evangélicos modernos y posmodernos: el cariño neoevangélico por la colegialidad eterna, y el encaprichamiento del movimiento emergente con hacer participar todos los puntos de vista en una conversación interminable. Según los estándares actuales, las palabras de Jesús sobre los fariseos y su modo de tratarlos son impresionantemente severas.
Regresemos al punto de comienzo del ministerio de Jesús y observemos cómo comenzó y se desarrollo esta hostilidad entre Él y los fariseos.
Creo que muchos lectores se sorprenderán al descubrir que fue Jesús quien hizo el primer disparo. Y fue una andanada asombrosamente potente.
El Jesús que no puedes [Lo que debes aprender de las confrontaciones descaradas de Cristo]
John MaCArthur
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