El consuelo que sana | #ChristopherShaw


«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios».—  2 Corintios 1.3–4

No es una simple coincidencia que Pablo abra esta carta con la declaración que hoy leemos. Más que ningún otro de sus escritos, la segunda carta a los Corintios contiene un detalle escalofriante de las tribulaciones por las cuales había transitado el apóstol. En el capitulo 11, una lista de estas experiencias incluye trabajos, cárceles, azotes, varas, naufragios, fatigas, hambre, sed, frío y desnudez. ¿Cómo no iba a hablar con autoridad sobre el tema del consuelo?

En estos versículos menciona al menos dos cosas que son importantes para nosotros. En primer lugar, dice que Dios es Padre de misericordia y de toda consolación. Estas dos características de su persona ponen en relieve la bondad de su corazón. Si bien él ama a todos por igual, pareciera verdad que tiene especial compasión por los que están en situaciones de angustia, injusticia, opresión o abandono. No pocas veces en el Antiguo Testamento se lo describe como el Dios de los «quebrantados de corazón» (Sal 147.3). En forma sobrenatural, ministra a los que están en crisis y venda sus heridas para que sean restaurados. Así lo ha hecho con incontables otros santos a lo largo de la historia, visitándolos en su momento de angustia y trayendo sobre ellos una manifestación poderosa de su gracia.

En segundo lugar, Pablo afirma que él puede consolar a otros con esta misma consolación. Es en esta declaración que quiero que usted se detenga por un momento. Seguramente, en su ministerio le tocará, en más de una ocasión, estar con personas que están pasando por momentos de profunda crisis personal. En más de una ocasión usted también habrá transitado por ese mismo camino. Tome nota de que el apóstol dice que él consolaba con el consuelo con que había sido consolado.

En situaciones de crisis, abundan las personas que se acercan para dar consuelo, pero no consuelo divino. Sus intentos de ayudar incluyen recitar versículos, contar sus propias experiencias, o tratar de espiritualizar la prueba por la cual está pasando la otra persona. Nada de esto ayuda y, en no pocas ocasiones, solamente produce irritación. Los resultados proclaman cuán limitados son los esfuerzos de la carne por producir obras espirituales.

El consuelo que sana, es el que nace en la obra sobrenatural de Dios. Para practicarlo, usted primeramente tiene que haberlo experimentado. No es suficiente que usted también haya pasado por pruebas. Esto no lo capacita a usted para consolar. Pero si ha sido consolado por el Señor mismo, conoce de primera mano la tierna bondad de Cristo. Al acercarse a otro que está atribulado, lo hará con la misma sensibilidad, con la misma ternura, y con el mismo cuidado.

Para pensar:

A decir verdad, solamente podrá reproducir este tipo de consuelo si va de la mano del que lo ha consolado a usted, Dios mismo. No se apresure a hablar lo primero que se le venga a la cabeza. Permita que el Señor lo guíe, y lo haga partícipe de un momento de sanidad sobrenatural.

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