Pagar el precio 

  «Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás y ya no andaban con él. Dijo entonces Jesús a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros?» — Juan 6.66–67 


Por Christopher Shaw

Una característica que marca una gran diferencia entre el estilo de liderazgo de Jesucristo y el que se ha hecho popular en nuestros tiempos es la forma de proclamar la verdad de Dios. Sin ánimo de ofender, Jesús no temía proclamar los aspectos más radicales del reino. Nosotros, sin embargo, vivimos en un tiempo en el cual se considera fundamental no alejar a las personas, con posturas consideradas demasiado duras. Por esta razón, nos hemos volcado hacia un evangelio que parece estar conformado exclusivamente por una larga lista de beneficios que exigen poco y nada del discípulo, en cuestiones de entrega.

En los evangelios encontramos varios incidentes donde las enseñanzas de Cristo fueron consideradas como una afrenta por aquellos que las escucharon. Pareciera que aun los discípulos estaban preocupados por esto, pues en ocasiones ellos mismos hacían notar al Maestro la reacción que había provocado, como esperando que se retractara (Mt 15.12). El pasaje de hoy también capta uno de esos momentos en que la palabra del Mesías resultó demasiado comprometedora para los oyentes. A partir de ese momento, afirma el evangelista, muchos discípulos dejaron de seguirlo.

No encontramos a Jesús preocupado por este suceso. No salió corriendo atrás de ellos para tratar de reparar la situación, buscando retenerlos a toda costa. Él sabía que si no existía una decisión drástica de seguirle, sin importar el costo, seguramente acabarían en una experiencia espiritual de mediocridad y tibieza. Lejos de estar preocupado, Jesús confrontó a los discípulos con una pregunta que exigía de ellos una definición: «¿Ustedes también se van?»

La reacción de Cristo parece un tanto extraña a nuestra sensibilidad posmoderna, pero tiene su razón de ser. Un discípulo no solamente debe tener conciencia de que seguir al Maestro tiene un costo, sino también que debe demostrar disposición a pagar ese precio. De no ser así, se pasará la vida necesitando que otros lo sostengan.

Este principio nos deja una importante lección para nuestras propias vidas. En nuestro afán de formar discípulos responsablemente podemos terminar nosotros haciendo todo el esfuerzo, queriendo asegurar el compromiso de aquellos que estamos formando, con una entrega incondicional de nuestra parte. En mi experiencia pastoral los resultados de nuestra inversión rara vez permanecen cuando somos nosotros los que estamos haciendo todo el esfuerzo. Tarde o temprano aquellas personas en las que estamos invirtiendo tienen que llegar al punto de decidir si van a empezar a trabajar en su propia vida, sea cual sea el costo de esta decisión.

Pedro contestó por los discípulos: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Jn 6.68). Sabía que la vida por delante tendría muchas dificultades. Pero también tenía la convicción de que no estar con Jesús era perderlo todo. Abrazados a esta verdad, decidieron pagar el precio de seguir con el Mesías.

Para pensar:

¿Cuál es su estilo de liderazgo? ¿Cuánto sacrificio hace por las personas en las que está invirtiendo? ¿Cuánto sacrificio hacen ellos por ser formados?

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