Del por qué no debemos ser ecuménicos

Por: Juan Paulo Martínez
Tomado de: Semilla Bíblica

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Para sorpresa de algunos la palabra οἰκουμένην de donde se deriva la palabra “ecumenismo” aparece 15 veces en el Nuevo Testamento. Se usa para designar al mundo conocido y habitado. Así por ejemplo Lc.2.1; Hch. 11.28;19.27 y 24.5. Según la Biblia, el evangelio debe ser predicado en todo el οἰκουμένην (Mt.24.24) y Jesús lo juzgará con justicia (Hch.17.31).

Un uso común que la Iglesia le dio al término “ecuménico” se encuentra en los concilios, de entre los cuales la iglesia evangélica reconoce, entre otros, el Credo de los Apóstoles, el Credo Niceno y el Credo de Atanasio. Se trata de reuniones ecuménicas porque en ellas se produce la unidad del mundo cristiano en materia de doctrina.

Sin embargo, en los tiempos actuales el ecumenismo implica una unidad universal entre las iglesias a costa de la verdad, y no como en otros momentos históricos la unidad cristiana en la verdad. El resultado es que se sacrifican las diferencias teológicas entre todos los cuerpos eclesiásticos involucrados para así evitar el resquebrajamiento de los lazos de unión.

El quehacer doctrinal en el ecumenismo moderno es laxo a morir, y tiende a descalificar de inmediato a quienes adoptan una postura ortodoxa que no cede en aras de la concordancia humana. Berkhof, el clásico gigante de la teología reformada, ya escribía sobre esta actitud diciendo que la unidad cristiana jamás se debe buscar por encima del compromiso con la verdad revelada, y esto es exactamente lo que el ecumenismo intenta realizar en cada oportunidad.

John H. Gerstner indica que “el liderazgo en el movimiento ecuménico a menudo ha estado en las manos de los que poco les preocupa la teología” (1985; Diccionario de Teología, E.E. Harrison). No es novedad entonces que poco a poco la propia iglesia protestante esté cayendo en este letargo doctrinal cuanto más que el sentimentalismo moderno ha arrebatado violentamente el lugar que tenía la predicación bíblica y sana en los púlpitos. La adicción a las emociones de parte del pueblo evangélico contemporáneo ha hecho aún más fácil el abandono de “la fe que una vez fue dada a los santos” (Jud. 3).

Pablo mandó a Timoteo que cuidara de su enseñanza:

Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello. Si haces esto, te salvarás a ti mismo y a los que te escuchen (1 Ti. 4.16 RVC).

La doctrina cristiana debía ser una prioridad en la actividad pastoral de Timoteo. En su segunda carta le escribió que era necesario persistir:

Tú, por tu parte, persiste en lo que has aprendido y en lo que te persuadiste, pues sabes de quién has aprendido (2 Ti. 3.14).

Aquí se refería a “las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (v.15). Jesús habló de esta misma palabra afirmando que era la verdad:

Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad (Jn. 17.17 RVC).

Hay un estándar que Dios quiso entregar a los pecadores para que supiéramos que creer y que rechazar. El mismo juicio de Dios implica una regla con la cual ha de separarse a los creyentes de los incrédulos en el día final. Habrá castigo para “los que no conocieron a Dios ni obedecen el evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (2 Tes. 1.8). Si la Iglesia piensa que la unidad cristiana debe conseguirse a expensas de la verdad no sé de que forma podría entonces Dios mismo juzgar con justicia como dice la Biblia que de hecho lo hará.

Algunos alegan que Dios juzgará con la sola norma del amor. Por supuesto, un amor abierto a todas las personas sin importar sus creencias, estilos de vida y testimonio. Pero en la Biblia el amor no es creer cualquier cosa sino obedecer lo que ya está escrito:

En esto sabemos que amamos a los hijos de Dios: en que amamos a Dios y obedecemos sus mandamientos (1 Jn.5.2).

Creer y amar a Cristo implica frutos de obediencia y santidad. Es imposible definir la santidad cristiana como un amar sin un estándar de verdad. La amistad de Cristo está sujeta a seguir sus pisadas cada día:

Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando (Jn. 15.14 RVC)

Así que varias veces la Escritura nos asegura que la obediencia a Cristo es necesaria para dar testimonio de una verdadera conversión. La unidad cristiana tiene su fundamento en Cristo que es “el camino, y la verdad y la vida” (Jn. 14.6). Y sobre esta base es que el Señor advierte que no es su discípulo quien simplemente pregona que lo es sino el que hace caso a sus santas demandas:

No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos (Mt. 7.21 RVC)

Por otro lado, el testimonio apostólico es abrumador acerca de las condiciones que impone la verdad proposicional de la Biblia. Además de Pablo leemos que Juan escribió que debíamos poner a prueba los espíritus “para ver si son de Dios. Porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Jn.4.1). Y Pedro dedica una extensa sección de su segunda carta para tratar el tema de los falsos profetas y maestros (2 P. 2:1 y ss.).

El ecumenismo actual no puede sobrellevar el yugo de la doctrina cristiana porque esta es precisa al distinguir entre la verdad, el error y la herejía. No se puede ser cristiano y no cristiano a la vez. No puedo pregonar que tengo en mí el amor de Cristo y aceptar condiciones doctrinales ajenas a la revelación bíblica. ¿Cómo unirme con los mormones que niegan la deidad de Cristo y la Trinidad? ¿Cómo unirme con los judíos y mahometanos que hacen los mismo? ¿Cómo inclinarme con Roma ante los ídolos y olvidar su rechazo de la suficiencia de Cristo y la Biblia para salvar, entre otras cosas?

Puedo conversar con gente no cristiana e incluso forjar una amistad sana. Pero no puedo negar las verdades fundamentales de la Biblia. No es posible permanecer fieles al Señor mientras ignoramos el abismo que nos separa de aquellos que enseñan un Cristo distinto al que la Biblia revela en sus páginas y del cual el Espíritu Santo nos da testimonio todos los días.

Es por esto que creo que debemos rechazar el ecumenismo en los términos mencionados.

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