Nancy Leigh DeMoss: Una cura para la queja

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Un corazón agradecido se manifiesta y expresa mediante palabras de gratitud, mientras que un corazón desagradecido se manifiesta con murmuración y queja.

Un grupo de una iglesia de New Bern, Carolina del Norte, había viajado al Caribe en un viaje misionero.  Como probablemente sepa, las condiciones en aquellos suntuosos y lujosos centros turísticos distan mucho del pobre estilo de vida a los que muchos otros están sometidos en aquellas islas tropicales.

Durante este viaje misionero en particular, el anfitrión los llevó a visitar una colonia de leprosos en la isla Tobago.  Y mientras estaban allí, tuvieron un servicio de alabanza en la capilla de las instalaciones.  Como puede imaginarse, el panorama poco habitual de los demacrados leprosos sentados en hileras sobre los rústicos bancos de la capilla taladraba fuertemente la mente y los recuerdos de cada visitante.

Pero ningún recuerdo dejó una huella como ésta:

Cuando el pastor anunció: “Tenemos tiempo para un himno más.  ¿Alguien tiene un himno favorito? “, reparó en una paciente solitaria que, sentada dificultosamente en la última fila, estaba de espaldas.  Ante el pedido de un último himno, con gran esfuerzo, giró su cuerpo lentamente en dirección al pastor.

Tal vez “cuerpo” sea una descripción generosa de lo que quedaba de ella.  Sin nariz, sin labios y simplemente con los dientes al descubierto y torcidos dentro de un cráneo blanquecino, levantó la protuberancia escuálida de un brazo (no mano) para ver si podía pedir que cantaran su himno favorito.  Sus dientes de movían al ronco sonido de su voz mientras decía:”  ¿Podemos cantar “Bendiciones, cuántas tienes ya”?

El pastor bajó del púlpito y salió corriendo de la capilla hacia el jardín lindante con lágrimas que rodaban por sus mejillas.  Uno de los visitantes corrió a ocupar su lugar, y comenzó a cantar el conocido cántico en aquel lugar poco habitual, posiblemente el “menos bendecido” de cualquier lugar del universo.

 

Un amigo salió afuera corriendo, abrazó al pastor que estaba llorando y, a manera de consuelo, le dijo:

-Seguramente, no podrás volver a cantar este himno, ¿verdad?

-Sí, lo cantaré -respondió el pastor-, pero nunca de la misma manera.

Aquella leprosa monstruosamente deformada nos recuerda que las personas agradecidas se caracterizan por las palabras de agradecimiento, mientras que las desagradecidas se distinguen por la protesta, la queja, la murmuración y la lamentación.

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Algunos protestan porque Dios puso espinas en las rosas, mientras que otros notan sabiamente -con respecto y gratitud- que Dios puso rosas entre las espinas.  Escuche lo que las personas dicen cuando hablan de las cosas de su vida diaria, y verá en un instante la diferencia entre la gratitud y la ingratitud.

Piense en su propia vida: ¿Pasa más tiempo pensando en las bendiciones o en los problemas de su vida?

Fuente: Libro: “Sea agradecido” por Nancy L. DeMoss

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Himno

Letras:

Himno ¡Bendiciones, cuántas tienes ya!

Archivo midi [Fuente: http://www.literaturabautista.com/himno-bendiciones-cuantas-tienes-ya]

Cuando combatido por la adversidad
Creas ya perdida tu felicidad,
Mira lo que el cielo para ti guardó,
Cuanta las riquezas que el Señor te dio.

CORO:

¡Bendiciones, cuántas tienes ya!
Bendiciones, Dios te manda más;
Bendiciones, te sorprenderás
Cuando veas lo que Dios por ti hará.

¿Andas agobiado por algún pesar?
Duro te parece amarga cruz llevar,
Cuenta las promesas de Señor Jesús,
Y de las tinieblas nacerá la luz.

Cuando en otros veas la prosperidad
Y tus pies claudiquen tras de su maldad,
Cuenta las riquezas que tendrás por fe
Donde el oro es polvo que hollará tu pie.

La historia detrás del autor del himno

Aún desde muy pequeño, Johnson Oatman aprendió a amar los viejos himnos que su padre sabía cantar tan bien. Se paraba frente a su papá en la iglesia, y se sentía orgulloso de aquella espléndida voz. Johnson sabía bien que su padre era el mejor cantor de su ciudad, Lumberton, New Jersey.

Ya de joven, a Oatman no le atraía permanecer en el negocio de su padre y prefirió prepararse para el ministerio, comenzando a predicar. Concibió un plan de predicación–viajando de un pueblo a otro–pero más tarde descubrió que el Señor le había dotado de la habilidad de conmover los corazones por medio de mensajes en forma de himnos o cantos sagrados.

Pronto su fama de compositor se esparció y muchos de sus himnos se popularizaron en varias iglesias. Un autor asienta que escribió un récord de doscientos cantos evangélicos por año, durante más de un cuarto de siglo. En total, llegó a escribir más de cinco mil.

Su don de componer himnos los consideró un servicio para el Señor y no como negocio. Cuando el editor finalmente lo persuadió de poner precio a su trabajo, por razones del propio negocio, dijo que vendería sus cantos por un dólar cada uno.

Oatman escribió himnos para casi toda ocasión, y hasta el día de hoy, su música se canta en todos los confines del mundo. Al propio compositor le gustaba cantar, pero no pudo igualar en este aspecto a su padre. Determinó, por tanto, que haría lo que su padre nunca pudo hacer–dar al mundo cristiano lo que éste habría de cantar. Este himnólogo murió en Mount Pleasant, New Jersey, en 1926, pero sus mensajes musicales siguen viviendo.

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