Sam Storms: Los Dones del Espíritu Santo en la Historia de la Iglesia

por Sam Storms [Fuente y traducción CB]

A menudo surge esta pregunta: “Si los supuestos milagros o dones de señal del Espíritu Santo son validos para los cristianos después de la muerte de los apóstoles, ¿Por qué estuvieron ausentes de la historia de la iglesia hasta su presunta aparición en el Siglo XX?” Mi respuesta es la siguiente:

1)         No estuvieron ausentes. Posiblemente fueron menos frecuentes, pero el argumentar que tales dones fueron totalmente inexistentes es ignorar un cuerpo significativo de evidencia. Después de estudiar la documentación de las afirmaciones de la presencia de estos dones, la conclusión de D.A. Carson es que “hay suficiente evidencia de que alguna clase de estos dones ‘carismáticos’ continuaron esporádicamente a través de los siglos de la historia de la iglesia, que es inútil insistir en términos doctrinarios que cada relato es espurio o el fruto de la actividad demoniaca o de una aberración psicológica” (Mostrando el Espíritu, p.166).

Aquí hay solo un poco de ejemplos (para mayor evidencia, leer el libro de Ronals Kydd, Los Dones Carismáticos en la Iglesia Temprana [Editoriales Hendriksen]).

Justino Mártir (A.D. 100-165) presumió a Trifo el judío “que los dones proféticos permanecen con nosotros” (Dialogo con Trifo, 82).
Ireneo (A.D. 120-200) también da testimonio de la presencia de los dones del Espíritu. Él escribe:

·     “Hemos oído de muchos de los hermanos que tienen presciencia del futuro, visiones y palabras proféticas; otros por la imposición de manos, sanan a los enfermos y recuperan la salud” (Contra las Herejías, 2:32,4).

·     “Oímos de muchos miembros de la iglesia que tienen dones proféticos, y, por el Espíritu hablan todo tipo de lenguas, y traen a luz los pensamientos secretos de los hombres por su propio bien, y exponen los misterios de Dios” (Contra las Herejías, 5:6,1).

·      “Es imposible enumerar las carismas que por todo el mundo la iglesia ha recibido de Dios” (Contra las Herejías, 2:32,4).

Eusebio mismo concluye que la carismata estaba todavía en operación hasta el tiempo en que Ireneo vivió (Historia Eclesiástica, 5:7,6).

Eusebio cita a Apolinario diciendo que “los dones proféticos deben continuar en la iglesia hasta la venida final, como el apóstol insiste” (EH, 5:16,7).

Epifanio, quizás el oponente más vocal de los montanistas, no los atacó porque ellos practicaban los dones del Espíritu. Es más, él declaró que “la carisma [de la profecía] no está inoperativa en la iglesia. Todo lo contrario…La iglesia santa de Dios da la bienvenida a estas mismas [carismas] que los montanistas, pero los de nosotros son verdaderas carismas, autenticadas para la iglesia por el Espíritu Santo.” (Panarion, 48).

Otro ejemplo digno de mención es de Agustín (354-430), que más temprano en su vida propugnaba el cesacionismo. Sin embargo, en sus escritos posteriores retractó su negación de la realidad perpetua de los dones milagrosos y cuidadosamente documentó no menos que 70 casos de la sanidad divina en su propia diócesis durante un período de dos años (ve su Ciudad de Dios, Libro XXII, cap. 8-10).

Véase especialmente los artículos de Richard Riss, “Lenguas y Otros Dones Milagrosos en el Siglo Segundo hasta el Decimonoveno” en Basileia, 1985.

2)         Puede sorprender a algunos el darse cuenta que tenemos un vasto conocimiento de solo una pequeña parte de lo que sucedió en la historia de la iglesia. Sería terriblemente presuntuoso concluir que los dones del Espíritu estuvieron ausentes de las vidas de personas de las cuales no sabemos casi nada.

Simplemente no sabemos qué estaba pasando en las miles de miles de iglesias y reuniones de casa de cristianos en los siglos pasados. No puedo decir con confianza que los creyentes regularmente oraban por los enfermos y los veían sanados más que tú podrás decir que no lo hacían. No puedes decir que nunca profetizaban para la edificación, exhortación y consolación (1 Cor.14:3) de la iglesia más que yo podría decir que si lo hacían. Ninguno de nosotros podrá decir con confianza alguna si innumerables cristianos por toda la tierra inhabitada oraban en lenguas en sus devociones privadas. Esas apenas son las cosas por la cuales esperaríamos documentación extensa. Debemos recordar que esto fue mucho antes que la imprenta o las ventajas de los medios de comunicación.  La ausencia de evidencia documentada para los dones espirituales en un tiempo cuando la evidencia documentada por la mayor parte de la vida de la iglesia era, en el mejor de los casos, escasa, no es un bueno motivo para concluir que tales dones no existían.

3)         Si los dones eran esporádicos, puede haber una explicación aparte de la teoría de que fueron limitados al primer siglo. Debemos recordar que antes de la Reforma Protestante en el Siglo XVI el cristiano medio no tenía acceso a una Biblia en su propio idioma. La ignorancia bíblica imperaba. Ese no es el tipo de ambiente en que las personas estarían conscientes de los dones espirituales (sus nombres, naturaleza y función) y por ende no sería el tipo de ambiente en que esperaríamos que ellos buscaran y oraran por tales fenómenos o los reconocieran si se manifestarían. Si los dones fueron escasos, y otra vez, esto no lo podemos saber, puede ser un resultado tanto de la mucha ignorancia y el aletargamiento que eso engendra como de cualquier principio teológico que limita los dones a la vida de los apóstoles.

4)         Relacionado con este punto previo es el hecho de que Dios misericordiosamente nos bendice con lo que no merecemos y con lo que rehusamos, o somos incapaces de, reconocer. Estoy persuadido de que numerosas iglesias hoy en día que propugnan el cesacionismo experimentan estos dones pero los descartan como algo menos que una milagrosa manifestación del Espíritu Santo.

Por ejemplo, a una persona con el don de discernimiento de espíritus se le podría describir como “poseyendo una sensibilidad y perspicacia extraordinaria”. De una persona con el don de palabra de ciencia pueden decir que tiene “un profundo entendimiento de verdades espirituales”. De alguien que profetiza se le dice que “habló dando un aliento oportuno a las necesidades de la congregación”. De alguien que impone manos sobre los enfermos y con éxito ora por sanidad se le dice que Dios todavía contesta la oración pero los “dones de sanidad” ya no están en operación. A estas iglesias no los pillarían muertos clasificando tales fenómenos por los nombres dados a ellos en 1 Cor.12:7-10 porque ellos están comprometidos a la teoría de que tales fenómenos no existen.

Si esto sucede hoy en día (y sí lo sucede, así como en una iglesia donde yo ministraba por muchos años), hay toda razón para pensar que esto ha ocurrido repetidamente a lo largo del curso de la historia subsiguiente al primer siglo.

Consideremos un ejemplo hipotético. Supongamos que un hombre haya sido asignado a escribir la historia descriptiva de la vida de la iglesia en lo que ahora es el sur de Francia en, digamos, el año 845 A.D. ¿Cómo catalogaría lo que vería y oiría? Si fuera ignorante en cuanto a los dones espirituales, no siendo educado, o quizás un cesacionista muy educado, su relato no daría ninguna referencia a la profecía, sanidad, milagros, palabra de ciencia, etc. Tales fenómenos muy bien podrían existir, y aun florecer, pero serían identificados y explicados con otros términos por nuestro historiador hipotético.

Siglos después descubrimos su manuscrito. ¿Sería justo concluir por sus observaciones que ciertos dones espirituales cesaron después de la edad apostólica? ¡Por supuesto que no! Mi punto con esto es simplemente que en el pasado y en el presente el Espíritu Santo puede fortalecer el pueblo de Dios con dones para el ministerio que no reconozcan ni, por cualquier otra razón, los expliquen con otros términos que los de 1 Corintios 12:7-10. La ausencia de una referencia explícita a cierta carismata es, por lo tanto, una base débil para argumentar a favor de la retirada de ellas de la vida de la iglesia.

El ministerio de Carlos Spurgeon es un buen ejemplo. Lea cuidadosamente el siguiente relato tomado de su autobiografía:

“Mientras que predicaba en el salón, en una ocasión, yo señalé a un hombre en medio de la muchedumbre a propósito, y dije: ‘Hay un varón sentado ahí que es un zapatero; él deja su tienda abierta los domingos, y estuvo abierta la mañana del último día de reposo, tomó nueve peniques, y su ganancia fue cuatro peniques; ¡vendió su alma a Satanás por cuatro peniques!’ Un misionero de la ciudad, mientras que iba por sus rondas, se encontró con este hombre, y viendo que estaba leyendo uno de mis sermones, le preguntó: ‘¿Conoce usted al Sr. Spurgeon?’ ‘Si’, respondió el hombre. ‘Tengo cada razón para conocerlo, he ido a escucharlo; y, bajo su predicación, por la gracia de Dios soy una nueva criatura en Cristo Jesús. ¿Le contaré como sucedió? Fui al salón de música, y tomé mi asiento en el centro del lugar; el Sr. Spurgeon me miró como si me conociera, y en su sermón me señaló y contó a congregación que yo era un zapatero, y tenía mi tienda abierta los domingos; y sí lo hice, señor. No me hubiera preocupado eso; pero también dijo que tomé nueve peniques el domingo anterior, y hubo una ganancia de cuatro peniques; pero cómo él supo eso, no podía decir. Luego me di cuenta de que fue Dios quien había hablado a mi alma a través de él, entonces cerré mi tienda el siguiente domingo. Al principio tenía miedo de ir a oírlo de nuevo, no sea que le cuente a las personas más acerca de mí; pero después yo fui, y el Señor me encontró, y salvo a mi alma.’”

Spurgeon luego agrega este comentario:

“Recuerdo de hasta una docena de casos parecidos en que señalaba a una persona en el salón sin tener ni el menor conocimiento de esa persona, ni idea alguna de que lo que yo estaba diciendo era lo correcto, salvo que creía que estaba siendo movido por el Espíritu al decirlo; y tan sorprendente ha sido mi descripción, que las personas se han ido, y han dicho a sus amigos: ‘Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho; sin duda, él tiene que haber sido enviado por Dios a mi alma, sino no pudiera haberme descrito con tan precisión.’ Y no solo eso, pero he conocido muchos casos en que los pensamientos de los hombres han sido revelados desde el púlpito. A veces he visto a personas golpear con el codo a sus vecinos, porque recibieron un golpe preciso, y se les ha oído decir, cuando ya se estaban yendo, ‘El predicador nos dijo lo que habíamos dicho el uno al otro cuando entrabamos en la puerta’” (La Autobiografía de Carlos Spurgeon, [Curt & Jennings, 1899], Vol. II, pp.226-227).

¿Qué debemos hacer con todo esto? Mi opinión es que este es un ejemplo perfecto y no poco común de lo que el apóstol Pablo describió en 1 Corintios 14:24-25. Spurgeon ejercitó el don de profecía. No lo llamó como tal, pero eso no cambia la realidad de lo que el Espíritu Santo cumplió a través de él. Si alguien fuera a examinar la teología y ministerio de Spurgeon, y los relatos documentados de ello por sus contemporáneos y por biógrafos subsecuentes, la mayoría de las personas concluirían, por la ausencia de una referencia explícita a la carismata milagrosa como la profecía y la palabra de ciencia, que tales dones han sido retirados de la vida de la iglesia. ¡Pero el testimonio de Spurgeon nos dice lo contrario!

5)         Si admitimos que ciertos dones espirituales eran menos frecuentes que otros en la historia de la iglesia, su ausencia muy bien puede deberse a la incredulidad, apostasía, y otros pecados que sirven solo para apagar y contristar al Espíritu Santo. Si Israel experimentó falta de poder por su rebeldía repetida, si Jesús mismo “no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos poniendo sobre ellos las manos” (Maros 6:5), todo por la “incredulidad de ellos” (Marcos 6:6), entonces no debemos sorprendernos con la infrecuencia de lo milagroso en períodos de la historia de la iglesia marcados por ignorancia e inmoralidad personal.

¡No es por ninguna razón que los historiadores se refieren a los aproximadamente 500 años de la vida de la iglesia, durante que los dones estuvieron supuestamente ausentes, como la “Edad de las Tinieblas”!

6)         El argumento que estamos considerando es este: si el Espíritu Santo quería que la iglesia experimentara los dones milagrosos, no estarían tan notablemente ausentes de la historia de la iglesia. Tomemos el argumento subyacente principal y apliquémoslo a algunos otros  temas.

Todos creemos que el Espíritu Santo es el maestro de la iglesia. Todos creemos que el Nuevo Testamento describe Su ministerio de alumbrar nuestros corazones e iluminar nuestras mentes a comprender las verdades de la Escritura (véase 1 Juan 2:20, 27).

Sin embargo, dentro de la primera generación después de la muerte de los apóstoles la doctrina de la justificación por fe estaba siendo atacada. La salvación por fe más obras pronto se convirtió en la doctrina estándar y no fue desafiada con existo hasta la firme postura de Martin Lutero en el siglo XVI. Mi pregunta, entonces, es la siguiente: Si Dios quiso que el Espíritu Santo siguiera enseñando e iluminando a los cristianos con respecto a verdades bíblicas vitales después de la muerte de los apóstoles, ¿por qué languideció la iglesia en ignorancia de esta verdad fundamental por casi 1.000 años?

Si Dios quiso que el Espíritu Santo ilumine las mentes de Su pueblo tocante a verdades bíblicas después de la muerte de los apóstoles, ¿Por qué languideció la iglesia en ignorancia de la doctrina del sacerdocio de los creyentes por casi 1.000 años? ¿Por qué los cristianos sufrieron de la ausencia de las bendiciones experienciales que esta verdad vital pudiera haber traído a la vida de la iglesia?

¡Ustedes que creen en rapto pretribulacional de la iglesia también deben explicar la ausencia de esta verdad del conocimiento colectivo de la iglesia por casi 1.900 años!

Sin duda tu respuesta será que nada de esto comprueba que el Espíritu Santo cesó Su ministerio de enseñanza e iluminación. Nada de esto comprueba que Dios dejo de querer que Su pueblo entendieran tales principios doctrinales vitales. ¡Precisamente! Y la infrecuencia relativa o ausencia de ciertos dones espirituales durante el mismo período de la historia de la iglesia no prueba que Dios se opuso a su uso o que negó su validez para el resto del siglo presente.

Tanto la ignorancia teológica de ciertas verdades bíblicas como una pérdida de las bendiciones experienciales que los dones espirituales traen pueden, y deben, atribuirse a otros factores aparte de la sugerencia de que Dios previó a tal conocimiento y poder sólo para los creyentes de la iglesia temprana.

7)         Por último, y más importante de todo, es el hecho de que lo que sí o no ha ocurrido en la historia de la iglesia es al final irrelevante a lo que nosotros debemos seguir, orar por, y esperar en la vida de nuestras iglesias hoy en día. El criterio final para decidir si Dios quiere dar ciertos dones espirituales a su pueblo hoy en día es la Palabra de Dios. Me horroriza y entristece continuamente el escuchar a las personas citar la supuesta ausencia de una experiencia particular de la vida de un santo admirado del pasado de la iglesia como una razón para dudar la validez actual de ella. Tanto como admiro a los gigantes de la Reforma y otros períodos en la historia de la iglesia, yo pretendo emular a los gigantes del Nuevo Testamento que escribieron bajo la inspiración del Espíritu Santo. Admiro a Juan Calvino, pero obedezco al apóstol Pablo.

En resumen, ni el fracaso ni el éxito de los cristianos en días pasados es el estándar final por el cual determinamos lo que Dios quiere para nosotros hoy. Podemos aprender de tanto los errores como los logros de ellos. Pero la única pregunta de relevancia final para nosotros en cuanto a este tema es: “¿Qué dice la Escritura?”

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–>Uso y abusos de los dones -Audios- [Sugel M. / Salvador G.]

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