La otra cara del fracaso

¿Quién lo define a usted?

Autor:  Erin Gieschen (inContact.org)

El fracaso es según el color del cristal con que se mire. Después de todo, se dice que Thomas Edison fracasó en sus experimentos al menos mil veces antes de encender la primera bombilla. Es probable que usted haya escuchado decir esto antes, especialmente en la iglesia. Cuando los cristianos hablan de fracaso con el propósito de infundir ánimo (¡Dios puede redimirlo todo!), nos gusta pensar solo en historias que sabemos que tienen un final feliz. Pero en la vida real, cuando se trata de usted, escuchar una buena anécdota de los mil fracasos que tuvo Edison, no le hace sentir mejor.

Podemos obtener palabras de aliento de un sermón acerca de la otra cara del desastre de Pedro cuando negó a Cristo, no una vez sino tres veces (es decir: suficiente para cambiar el mundo). Pero tendemos a centrarnos en que Pedro se convirtió en un gigante espiritual; nosotros, desde luego, no podemos imaginar que ése será nuestro futuro cuando vemos derrumbarse el suelo debajo de nosotros, gracias a nuestro propio error/incompetencia/estupidez/pecado.

Podemos sacar mayor consuelo de la vida del rey David, que fue más complicada.

Momentos decisivos

Piense en una persona prominente que haya tenido una “caída” pública en los últimos años. Si usted tuviera que decir su nombre y preguntarse de inmediato qué es lo que le viene a la mente, la mayoría de las personas mencionarían automáticamente esa deshonra específica.

David es asociado a menudo con uno de sus fracasos más flagrantes —un escándalo que habría dado a la prensa sensacionalista mucho de qué hablar durante meses (¡adulterio, más asesinato!). Sin embargo, miles de años después, su pecado pesa menos en nuestras mentes que otros puntos más positivos y decisivos de su vida: Cuando era un adolescente, venció al peor enemigo de su pueblo; fue el rey más grande de Israel, escribió obras cumbres poéticas que han sido la característica distintiva del culto cristiano por milenios; fue un antepasado del Mesías; y, lo más notable, que fue un hombre conforme el corazón de Dios (cf. 1 S 13.14).

Por todo esto, vemos a David como un triunfador excepcional cuyas victorias tuvieron más peso que sus faltas. Pero no nos damos cuenta de cómo su historia refleja muy de cerca nuestras vidas como resultado de un gran fracaso. Es raro que nosotros no tengamos que cosechar las consecuencias (sobre todo cuando está involucrado el pecado); y muchas veces, el peso de esas consecuencias es tan abrumador que comenzamos a vernos a la luz de las mismas. David no solo experimentó los numerosos efectos dolorosos de su fracaso, sino que luchó también con la disyuntiva de si su vida sería definida o no por esa caída.

Verdad y consecuencia

En nuestro mundo, el adulterio no ayuda precisamente a que usted sea el gran ejemplo a seguir de la iglesia; de hecho, la gente podría aun dejar de cantar las canciones de adoración que usted haya escrito. E incluso si usted se arrepiente de su asesinato, no importa lo mucho que haya arreglado sus cuentas con Dios, probablemente pasará el resto de su vida como un prisionero. No podrá revocar lo que hizo; sus alternativas en la vida se le habrán reducido permanentemente. Hoy veríamos las acciones de David como algo que, en efecto, le pondría fin a su vida.

Es verdad que en su mundo, David parece haberse librado, hasta cierto punto, de pagar por su asesinato, robo e infidelidad; después de esto, mantuvo todos sus privilegios terrenales y su libertad como rey. Incluso se casó con la mujer que había deseado y por la cual había asesinado. Y sabemos que cuando se arrepintió, fue perdonado y restaurado por Dios. Pero aquí está lo que debemos de tener en cuenta: en “el resto de la historia” David sufrió mucho por sus acciones. Tuvo que pagar sus consecuencias. El funesto resultado de sus delitos fue terminar con una familia más disfuncional que las de las novelas.

David pasó muchos de sus últimos años viendo a su familia desplomarse —los hijos que había tenido con madres diferentes se volvieron unos contra otros, y aun contra él—, lo que finalmente desgarró al reino. Mucho de lo que tanto le había costado construir, pareció destruirse en la mitad del tiempo que le había costado hacerlo, y siguió deshaciéndose aun después de su muerte. Si hubiera sabido que su sucesor, Salomón, el hijo de la mujer con quien había tenido su aventura amorosa, superaría a su padre en el área de las relaciones ilícitas (lo que al final lo alejaría de Dios), lo habría devastado. Sin duda, habría cambiado en un segundo su título de “El mejor rey que jamás ha existido”, para dar marcha atrás y hacer las cosas de otra manera.

Una lucha de toda la vida

Evidentemente, el arrepentimiento de David fue sincero y creyó de verdad que Dios lo había perdonado. Sin embargo, también parece que luchó durante bastante tiempo con la tentación de dejar que su fracaso lo definiera. Al analizar la manera como crió a sus hijos, es muy probable que siguió viéndose a sí mismo como un fracasado en el ámbito personal, y que no se recuperó totalmente durante mucho tiempo. Pudo haber sentido que todo el antagonismo y toda la angustia que provocaron sus hijos, era solo el castigo por los pecados que había cometido, y que no le quedaba nada más que hacer sino aceptarlo.

Pero, si David hubiera escuchado la aseveración —aun generaciones después— de que Dios quería que él fuera conocido como “el varón conforme a mi corazón” (Hch 13.22), ¿habría hecho eso que viera su vida de una manera diferente? ¿Podría él haber llevado las consecuencias al Señor, y haberse dedicado a descubrir la redención que podía encontrar en ellas? ¿Podría haber experimentado una mayor plenitud de gracia, lo que lo habría facultado para dirigir a sus hijos con confianza y sabiduría?

Una cosa es segura: a lo largo de toda su vida, podemos ver claramente su verdadera pasión por Dios —no menos en sus últimos salmos, que en los que escribió cuando era un hombre más joven. David nunca dejó de buscar a Dios, nunca dejó de amarlo.

La historia verdadera

Aunque David mantuvo su reputación de gran rey guerrero y líder espiritual, lo importante de su redención no fue su desenlace tan extraño, sino que lo bueno de su vida llegó a pesar más que lo malo. Las famosas palabras de Dios acerca de él expresaban el deseo de Dios de tener el corazón de David por sobre todo, a pesar de sus fracasos. De un reino desgarrado podía ocuparse el Señor; pero lo que a Él le interesaba era las almas de los hombres.

Cuando hablamos de nosotros, tendemos a centrarnos en las cosas que estamos haciendo. Si no queremos parecer disfuncionales, damos una información resumida de nuestras actividades positivas o neutras. Pero a un amigo cercano podemos decirle todo lo que está mal. Sin embargo, tanto las versiones súper positivas como las más negativas, son iguales: nos fijamos en el exterior. Por el contrario, lo que Dios cuenta parecería muy diferente. Sería una historia detallada acerca de nuestros corazones.

Escuchamos, a menudo, que la razón por la que Dios no está decepcionado de nosotros, es porque Él ve a la persona perfeccionada en el futuro. ¿Pero es eso lo que dice, en realidad, la Biblia? Cuando el Señor le habló a Moisés desde la zarza ardiente, ¿le estaba hablando al Moisés futuro que sacaría osadamente a su pueblo de la esclavitud, en vez de al Moisés que tartamudeaba sus dudas sobre sí mismo, y su temor frente a todos los demás? Cuando Jesús trató con Pedro, ¿le habló al Pedro futuro, que lideraría a la iglesia primitiva y que sufriría el martirio, en vez de al Pedro que acababa de estar encogido de temor viendo los toros desde la barrera? No parece que fue así. Aunque Dios sabe en qué nos convertiremos, Él trata con nosotros tal como somos, y en dónde estamos.

Él ve nuestro espíritu en su estado no caído, y viene directamente a nosotros en nuestro estado caído. Y lo que nosotros vemos como simple potencial, Él lo ve como realidad, porque su Espíritu vive en nosotros, esperando para darnos el poder, en cada momento presente, con el fin de convertirnos en aquello para lo que fuimos creados. Por eso, aunque vivimos en un mundo arruinado, y estamos en guerra con las tinieblas, tenemos el poder de la luz y de la vida actuando en nosotros; es un poder que podemos hacer nuestro y liberar en cualquier momento. Y eso es más cierto que nunca cuando sufrimos las consecuencias de nuestro fracaso.

Con esto en mente, quizás lo esencial en cuanto al fracaso sea esto: ¿Cuál relato decidirá creer acerca de usted? ¿Está dispuesto a escuchar a Dios y a hacer lo que Él le diga, o huirá, se esconderá, tratará de ocultarse, de compensar la falta cometida, de vivir para siempre bajo la sombra de lo que hizo? ¿O aceptará lo que ha hecho o dejado de hacer, y decidirá dejar de definirse por su fracaso? Porque no es así como Dios lo define a usted. Él lo define por su vida interior. Y si, por mantenerse usted buscándolo a Él, lo ve como un hombre o como una mujer conforme a su corazón, eso es lo que usted es en realidad.

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