El mal de la aflicción obra para el bien de los piadosos | Thomas Watson

En todas nuestras aflicciones es consolador pensar que Dios tiene su mano sobre ellas de forma especial: “El Todopoderoso me ha afligido” (Rut 1: 21). Los instrumentos no pueden actuar sin que Dios se lo ordene, de la misma manera que el hacha no puede cortar por sí misma sin una mano. Job tenía la mirada puesta en Dios en su aflicción: por tanto, como observa Agustín, no dice: “El Señor dio, y el diablo quitó”, sino: “El Señor quitó”. Quienquiera que sea el que nos traiga una aflicción, es Dios quien la envía. Otro pensamiento consolador es que las aflicciones obran para bien. “Como a estos higos buenos, así miraré a los transportados de Judá, a los cuales eché de este lugar a la tierra de los caldeos, para bien” (Jer. 24: 5). La cautividad de Judá en Babilonia fue para su bien. “Bueno me es haber sido humillado” (Sal. 119: 71). Este texto, como el árbol de Moisés echado en las aguas amargas de la aflicción, puede volverlas dulces y potables. Las aflicciones son medicinales para los piadosos. Dios puede extraer nuestra salvación de los fármacos más venenosos. Las aflicciones son tan necesarias como las ordenanzas (1 P. 1: 6). Ninguna vasija puede hacerse de oro sin fuego; así también, es imposible que seamos hechos vasijas para honra, a menos que seamos fundidos y refinados en “el horno de la aflicción. “Todas las sendas del Señor son misericordia y verdad” (Sal. 25: 10). Al igual que el pintor entremezcla colores vivos con sombras oscuras, así el Dios sabio mezcla la misericordia con el juicio. Esas providencias aflictivas, que parecen ser perjudiciales, son beneficiosas; tomemos algunos ejemplos de la Escritura.


Los hermanos de José le arrojan en una cisterna; después le venden; luego es arrojado en la cárcel; sin embargo, todo esto obró para su bien. Su humillación abrió el camino para su exaltación, fue hecho el segundo hombre en el reino. “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien” (Gn. 50: 20).


Jacob luchó con el ángel, y el muslo de Jacob se descoyuntó. Esto fue penoso; pero Dios lo convirtió en bien, pues allí vio el rostro de Dios, y allí el Señor le bendijo. “Y llamó Jacob el nombre de aquel lugar, Peniel; porque dijo: Vi a Dios cara a cara” (Gn. 32: 30). ¿Quién no estaría dispuesto a tener un hueso descoyuntado, si así pudiera alcanzar una visión de Dios?


El rey Manasés estaba encadenado. Este era un triste espectáculo: una corona de oro cambiada por grilletes; pero ello obró para su bien, pues “luego que fue puesto en angustias, oró al Señor su Dios, humillado grandemente en la presencia del Dios de sus padres. Y habiendo orado a él, fue atendido; pues Dios oyó su oración” (2 Cr. 33: 12,13).
Estaba más agradecido a su cadena de hierro que a su corona de oro; la una le volvió orgulloso, la otra le volvió humilde.


Job era un espectáculo de miseria; perdió todo lo que tenía; lo único que tenía en abundancia eran llagas y úlceras. Esto era penoso; pero obró para “su bien, su virtud fue probada y mejorada; Dios dio testimonio desde el Cielo de su integridad, y compensó su pérdida dándole el doble de lo que había tenido anteriormente (Job 42: 10).


Pablo se quedó ciego. Esto fue incómodo, pero resultó ser para u bien. Mediante aquella ceguera Dios abrió el camino para que la luz de la gracia brillara en su alma; fue el principio de una feliz conversión (Hch. 9: 6). Al igual que las severas heladas en el invierno conducen a las flores en la primavera, y al igual que la noche da lugar a la estrella de la mañana, así también los males de la aflicción producen mucho bien a aquellos que aman a Dios. Pero nos apresuramos a cuestionar esta verdad, y decimos, como María le dijo al ángel: “¿ Cómo puede ser esto?”. Por tanto, procedo a mostrar varias maneras en que la aflicción obra para bien.


(1) Como nuestro predicador y maestro: “Prestad atención al castigo” (Miq. 6: 9). Lutero dijo que jamás pudo entender correctamente algunos salmos dolorosos hasta que pasó por momentos de aflicción. La aflicción nos enseña lo que es el pecado. En la palabra predicada oímos lo terrible que es el pecado, que contamina y acarrea condenación, pero no lo tememos más que a un león pintado; por tanto, Dios abre la puerta a la aflicción, y entonces sentimos lo amargo del pecado en su fruto. Un lecho de enfermedad enseña a menudo más que un sermón. La mejor manera de ver el vil aspecto del pecado es en el espejo de la aflicción. La aflicción nos enseña a conocernos a nosotros mismos. La mayoría de las veces, en la prosperidad nos desconocemos a nosotros mismos. Dios nos hace conocer la aflicción para que nos conozcamos mejor a nosotros mismos. En el tiempo de la aflicción vemos en nuestros corazones una corrupción que no creeríamos que estuviera allí. El agua en el vaso parece clara, pero si la ponemos al fuego, la espuma hierve. En la prosperidad un hombre parece ser humilde y agradecido, el agua parece clara; pero pongamos a este hombre un poco en el fuego de la aflicción, y veremos cómo hierve la espuma: queda de manifiesto una gran dosis de impaciencia e incredulidad. “Oh—dice un cristiano—nunca pensé que tuviera un corazón tan malo como ahora veo que tengo; nunca pensé que mis corrupciones fueran tan fuertes y mis virtudes tan débiles”.


(2) Las aflicciones obran para bien, al ser el medio para hacer más íntegro el corazón. En la prosperidad el corazón es propenso a estar dividido (Os. 10: 2). El corazón está en parte apegado a Dios, y en parte al mundo. Es como una aguja entre dos imanes: Dios atrae, y el mundo atrae. Ahora bien, Dios quita el mundo para que el corazón se apegue más a Él con sinceridad. El correctivo consiste en hacer recto el corazón. Al igual que a veces ponemos una barra de hierro en el fuego para enderezarla, así también Dios nos pone en el fuego de la aflicción para hacemos más rectos. ¡Oh, cuán bueno es que la aflicción enderece al alma cuando el pecado la ha torcido y apartado de Dios!


(3) Las aflicciones obran para bien, al conformamos a Cristo. La vara de Dios es un lápiz para dibujar la imagen de Cristo más vivamente en nosotros. Es bueno que haya simetría y proporción entre la Cabeza y los miembros. ¿Seremos parte del cuerpo místico de Cristo sin ser como Él? Su vida, como dice Calvino, fue una serie de sufrimientos: “Varón de dolores, y experimentado en quebranto” (Is. 53: 3). Él lloró y sangró. ¿Fue su cabeza coronada de espinas, y pensamos nosotros ser coronados de rosas? Es bueno ser como Cristo, aunque sea por medio de sufrimientos. Jesucristo bebió una amarga copa; le hizo sudar gotas de sangre el pensar en ello; y, aunque es cierto que bebió veneno de la copa (la ira de Dios), aún queda ajenjo en ella que los santos deben beber: solamente aquí reside la diferencia entre los sufrimientos de Cristo y los nuestros; los suyos fueron satisfactorios, los nuestros solamente son punitivos.


(4) Las aflicciones obran para el bien de los piadosos, al ser destructivas para el pecado. El pecado es la madre, la aflicción la hija; la hija ayuda a destruir a la madre. El pecado es como el árbol que cría al gusano, y la aflicción es como el gusano que come el árbol. El mejor de los corazones atesora mucha corrupción; la aflicción la quita gradualmente, como el fuego quita la escoria del oro: “Este será todo el fruto, la remoción de su pecado” (Is. 27: 9). ¡Qué importa es tener una lima más basta, si con ello tenemos menos herrumbre! Las aflicciones nada se llevan sino la escoria del pecado. Si un médico le dijera a su paciente: “Su cuerpo está indispuesto y afectado por una grave infección, que debe ser combatida, puesto que de otra forma morirá; pero le voy a prescribir una medicina que, si bien le va a hacer vomitar, curará su enfermedad y salvará su vida”; ¿no sería esto para el bien del paciente? Las aflicciones son la medicina que Dios utiliza para quitar nuestras enfermedades espirituales; curan el tumor del orgullo, la fiebre de la concupiscencia, la hidropesía de la codicia. ¿No obran, pues, para bien?


(5) Las aflicciones obran para bien, al ser el medio para desligar nuestros corazones del mundo. Cuando cavamos para quitar la tierra de la raíz de un árbol es para desligar el árbol de la tierra; de la misma manera, Dios cava para quitar nuestro bienestar terrenal, y así desligar nuestros corazones de la tierra. Un espino crece con cada flor. Dios quiere que el mundo cuelgue como un diente suelto que, al ser arrancado, ya no nos molesta. ¿No es buena esta liberación? Los más ancianos santos la necesitan. ¿Por qué rompe el Señor la acequia, sino para que vayamos a Él, en quien están “todas [nuestras] fuentes” (Sal. 87: 7)?


(6) Las aflicciones obran para bien, al abrir el camino para el consuelo. Le “daré […] el valle de Acor por puerta de esperanza” (Os. 2: 15). Acor significa turbación. Dios endulza el dolor exterior con paz interior. “Vuestra tristeza se convertirá en gozo” (Jn. 16: 20). Aquí tenemos el agua convertida en vino. Tras una pastilla amarga, Dios da azúcar. Pablo cantó en la cárcel. La vara de Dios tiene miel en su extremo. Los santos han tenido en la aflicción tales éxtasis de gozo que han creído rozar los límites de la Canaán celestial.

(7) Las aflicciones obran para bien, al ser para nuestro engrandecimiento. “¿ Qué es el hombre, para que lo engrandezcas, y para que pongas sobre él tu corazón, y lo visites todas la mañanas?” (Job 7: 17). Mediante la aflicción, Dios nos engrandece de tres maneras. (a) Condescendiendo tanto como para tenernos en cuenta. Es una honra que Dios tenga en cuenta el polvo y las cenizas. Es nuestro engrandecimiento que Dios nos considere dignos de ser golpeados. Que Dios no castigue es un desprecio: “¿ Por qué querréis ser castigados aún?” (Is. 1: 5). Si queréis seguir pecando, seguid vuestro camino; id al Infierno con vuestro pecado. (b) Las aflicciones también nos engrandecen, al ser enseñas de gloria, signos de filiación. “Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos” (He. 12: 7). Cada estigma de la vara es una medalla de honor. (c) Las aflicciones tienden a engrandecer a los santos, al darles renombre en el mundo. Jamás han sido los soldados tan admirados por sus victorias, como lo han sido los santos por sus sufrimientos. El celo y la constancia de los mártires en sus pruebas los han hecho famosos para la posteridad. ¡Qué eminente fue Job por su paciencia! Dios dejó constancia de su nombre: “Habéis oído de la paciencia de Job” (Stg. 5: 11). Job el sufriente tiene más renombre que Alejandro el conquistador.


(8) Las aflicciones obran para bien, al ser el medio para hacernos felices. “Bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga” (Job 5: 17). ¿Qué político o moralista cifró jamás la felicidad en la cruz? Job lo hizo. “Bienaventurado es el hombre a quien Dios castiga”. Se puede preguntar: “¿ Cómo nos hacen felices las aflicciones?”. Respondemos que, siendo santificadas, nos acercan más a Dios. La Luna llena es la que más lejos está del Sol: así, muchos están lejos de Dios en la Luna llena de la prosperidad; las aflicciones les acercan a Dios. El imán de la misericordia no nos acerca tanto a Dios como las cuerdas de la aflicción. Cuando Absalón le prendió fuego al trigo de Joab, este fue corriendo a Absalón (2 S. 14: 30). Cuando Dios prende fuego a nuestro bienestar mundano, entonces corremos a Él, y nos reconciliamos con Él. Cuando el hijo pródigo se vio necesitado, entonces regresó al hogar de su padre (Lc. 15: 13). Cuando la paloma no pudo encontrar descanso para la planta de su pie, entonces voló al arca. Cuando Dios nos trae un diluvio de aflicción, entonces volamos al arca de Cristo. De esta manera, la aflicción nos hace felices, al acercarnos a Dios. La fe puede utilizar las aguas de la aflicción para nadar más velozmente a Cristo.


(9) Las aflicciones obran para bien, al silenciar a los inicuos. Qué dispuestos están a difamar y calumniar a los piadosos, diciendo que sirven a Dios solamente por egoísmo. Por tanto, Dios hace que su pueblo soporte sufrimientos por su fe, para así poner un candado en los labios mentirosos de los inicuos. Cuando los ateos del mundo ven que Dios tiene un pueblo, que le sirve no por ganancia sino por amor, esto les cierra la boca. El diablo acusó a Job de hipocresía, de ser un mercenario; toda su vida religiosa estaba bordeada de oro y plata. “¿ Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene?”. A lo que respondió Dios: “He aquí, todo lo que tiene está en tu mano” (Job 1: 9,10,12). Tan pronto recibió el diablo su comisión, se lanzó a derribar la cerca de Job; pero aun así Job adoraba a Dios (cap. 1: 20), y profesaba tener fe en Él. “Aunque él me matare, en él esperaré” (cap. 13: 15). Esto silenció al diablo mismo. Cómo abate a los inicuos ver que los piadosos se mantienen cerca de Dios en un estado de sufrimiento, y que aún se mantienen firmes en su integridad cuando lo pierden todo.


(10) Las aflicciones obran para bien, al abrir el camino para la gloria (2 Co. 4: 17). No es que nos hagan merecedores de la gloria, sino que preparan para la misma. Tal como arar prepara la tierra para la cosecha, así también las aflicciones nos preparan y capacitan para la gloria. El pintor pone su oro sobre colores oscuros; así también, Dios pone primero los colores oscuros de la aflicción, y después pone el color dorado de la gloria. La vasija se prepara primero antes de echar en ella el vino; las vasijas de la misericordia se preparan primero con la aflicción, y después se echa en ellas el vino de la gloria. Así vemos, pues, que las aflicciones no son perjudiciales sino beneficiosas para los santos. No debiéramos mirar al mal de la aflicción, sino al bien; no al lado oscuro de la nube, sino a la luz. Lo peor que Dios hace a sus hijos es azotarlos para llevarlos al Cielo.


— Consolación Divina by Thomas Watson

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