Celos que matan

«Mientras danzaban, las mujeres cantaban diciendo: «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles». Saúl se enojó mucho y le desagradaron estas palabras, pues de cía: «A David le dan diez miles, y a mí miles; no le falta más que el reino». Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David». 1 Samuel 18.7–9

Christopher Shaw

No hay en el pueblo de Dios figura más triste que la de un líder que tiene celos de los logros de sus seguidores. Tal persona siempre va a estar dominado por las sospechas y el miedo, e inevitablemente su ministerio sufrirá las consecuencias de estas actitudes.

La derrota de Goliat fue una gran victoria para los israelitas, y el cántico de las mujeres no hacía más que proclamar lo que era evidente a los ojos de todo el pueblo. Paralizado por la indecisión y el temor, el rey Saúl no proveyó la dirección clara y decisiva que sus hombres necesitaban en ese momento. Fue el joven pastor de Belén que desplegó una actitud de coraje y valentía.

Note, sin embargo, que en ningún momento David hizo alardes de sus proezas; el pueblo proclamó su grandeza. Aún mientras la gente festejaba, sin embargo, el corazón del rey se llenó de ira. El historiador de este momento nos hace partícipes de una decisión nacida de esta experiencia: «desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David».

En esta frase está la clave del problema. Una vez que un líder ha permitido que los celos y la envidia se apoderen de su corazón, siempre verá negativamente el trabajo de los que están a su alrededor. Su juicio estará permanentemente opacado por la amargura de su propio corazón. En estas condiciones, gran parte de su tiempo estará enfocado en buscar la manera de descalificar la vida de los demás. Verá toda acción de sus seguidores como una amenaza para su propia posición. De hecho, esto podría ser el resumen del resto de la vida de Saúl, quien se dedicó con fanatismo a intentar extinguir la vida de David.

Es en la reacción de un líder frente al éxito de otros, que se ve su verdadera grandeza. Un líder maduro no tiene temor a ser «tapado» por el ministerio de otro, sino que trabaja para que los demás avancen y alcancen su máximo potencial en Cristo. Al igual que un padre con sus hijos, no tiene mayor alegría que la de verles prosperar en todo lo que hacen. Con espíritu de generosidad invierte en sus vidas, los anima, y hasta procura que ellos lo puedan superar, entendiendo que lo suyo no es la máxima expresión de grandeza posible.

Para pensar:

Note lo maravillosamente desinteresada que es la frase de Cristo a sus discípulos: «De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él también las hará; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre» (Jn 14.12). El Mesías no definía «grandeza» por el tamaño de la obra, sino por la fidelidad de alguien en haber hecho lo que se le mandó hacer. En este sentido, el éxito de sus discípulos fue el testimonio fiel de que su propia labor había sido bien realizada.

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