Ministrar con la Palabra según la necesidad

  
«También os rogamos, hermanos, que amonestéis a los ociosos, que alentéis a los de poco ánimo, que sostengáis a los débiles, que seáis pacientes para con todos. 1 Tesalonicenses 5.14

Con un simple ejercicio podremos ver la importancia de un principio que respalda la exhortación de Pablo. Si solamente reacomodamos las palabras, el versículo podría leerse de la siguiente forma: «También os rogamos, hermanos, que alentéis a los ociosos, que sostengáis a los de poco ánimo, que amonestéis a los débiles, que seáis pacientes para con todos!»

«¡Momento!», usted me dice. «Esto no puede de ninguna manera ser correcto. Jamás se nos podría exhortar a que alentemos a los ociosos, y mucho menos a que amonestemos a los débiles. Al contrario, lo que necesita el ocioso es que se le exhorte con firmeza. Justamente su tendencia a ser holgazán se debe a que no han sido lo suficiente firmes con él. ¿Y qué me dice del débil? Si yo lo amonesto, voy a terminar de destruirlo. Lo que necesita, más bien, es que se le pongan al lado y le ayuden en su momento de debilidad, para que pueda salir adelante. De igual manera, el de poco ánimo necesita que le hablen palabras de aliento para que recupere su esperanza y se ponga una vez más en marcha».

¡Y tiene usted razón! Precisamente en su observación está el principio que Pablo deja entrever en esta serie de instrucciones. El líder sabio debe tener discernimiento para entender la realidad de las personas que está atendiendo. Usar el «método» correcto con la persona equivocada no produciría los cambios deseados. Al contrario, produciría más problemas en lugar de ayudar a una solución.

De manera que el líder entendido necesita no solamente una diversidad de estilos en su ministerio, también necesita saber cuándo es apropiado usar cada uno de estos estilos. En este desafío encontramos un problema que frecuentemente enfrentamos como líderes. La mayoría de nosotros tenemos un estilo ministerial que tiende a dominar todo lo que hacemos, y lo usamos indiscriminadamente en toda circunstancia. Pero las personas no son todas iguales, y por eso debemos modificar nuestro estilo para ser efectivos en cada una de las situaciones que nos tocan ministrar. Si usted tuviera tiempo de recorrer las diferentes cartas de Pablo, notaría esta capacidad de modificar su estilo según las personas y las circunstancias particulares de cada grupo. Con la iglesia de Galacia habla en términos fuertes. Al dirigirse a Timoteo, usa más bien el idioma de un padre hacia un hijo. En las cartas a los Tesalonicenses hace alusión a que su estilo fue «con ternura entre vosotros, como cuida una madre con amor a sus propios hijos» (1 Ts 2.7). Es decir, Pablo utilizó una diversidad de estilos de liderazgo, y por eso fue tan efectivo en el ministerio que llevó adelante.

Para pensar:

¿Cuál es el estilo con el cual se siente más cómodo? ¿En qué situaciones le da mejores resultados este estilo? ¿En qué situaciones no ha visto mucho fruto con este estilo? ¿Qué estilos necesitaría incorporar a su ministerio para poder atender mejor a las personas que Dios ha puesto en su vida? ¿Cómo puede hacer esto?

 

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