Palabras de ánimo 

  
«Porque a mis ojos eres de gran estima, eres honorable y yo te he amado; daré, pues, hombres a cambio de ti y naciones a cambio de tu vida». —  Isaías 43.4

Henri Nouwen, renombrado autor de más de veinte libros sobre diferentes aspectos de la vida espiritual, habla mucho sobre lo que significa para nosotros haber crecido en un mundo que maldice. Desde pequeños se nos ha dicho que nuestro valor como personas es relativo. No valemos por lo que somos, sino que valemos por lo que hacemos, por lo que logramos o por lo que tenemos. Los efectos devastadores de tal herencia nos dejan con una autoestima frágil, vulnerable a toda experiencia negativa.

Al conocer a Cristo deberíamos experimentar cambios dramáticos en esta triste condición humana, al descubrir que somos atesorados y valorados por el Dios eterno de los cielos. La realidad, sin embargo, es otra. Muchas veces nuestras congregaciones perpetúan el mensaje de que solamente valemos por lo que hacemos. La diferencia es que ahora nuestro hacer tiene que ver con las muchas actividades que se desarrollan dentro de la congregación local. La esencia del mensaje, sin embargo, es la misma.

Como pastores se nos ha encomendado la preciosa tarea de restaurar a estos que llegan, quebrados y fatigados, de un mundo caído. A nosotros se nos ha llamado «a curar a la enferma, a vendar la perniquebrada, a fortalecer la débil» (Ez 34.4). Nuestras congregaciones deberían ser comunidades terapéuticas donde todos los dolidos y lastimados son restaurados a la imagen del Dios que los creó.

Para esto es necesario que nosotros, en primer lugar, estemos disfrutando de la bendición de ser hijos amados del Altísimo. Nuestro espíritu necesita del testimonio del Espíritu de Dios que nos dice que somos parte de su familia (Ro 8.16), y que como tales gozamos de privilegios y tesoros que otros no tienen. Nuestro valor no está en lo que hacemos, sino en nuestra condición espiritual, que ha sido asegurada para siempre por el sacrificio de Cristo.

Solamente cuando estamos seguros de nuestra condición de amados, podremos bendecir la vida de otros, que es uno de nuestros preciosos privilegios como sacerdotes del Altísimo. Nouwen nos advierte que «la bendición solamente puede ser dada por aquellos que la han escuchado en sus propias vidas». Cuando escuchamos una y otra vez esa voz que nos llama «benditos», recibiremos también palabras con las cuales bendecir a otros y revelarles que no son menos bendecidos que nosotros.

¡Qué precioso ministerio! Quebrar con el hábito de este mundo de maldecir, y comenzar a hablar palabras que bendicen y edifican, ser los instrumentos del Padre para restaurar lo que el enemigo ha intentado destruir. Hemos sido llamados a ministrar vida a aquellos que están a nuestro alrededor. Tal ministerio solamente será posible si nosotros estamos disfrutando de la vida que él nos ofrece.

Oración:

«Señor, necesito que a diario me hables de lo mucho que me amas. Soy tan vulnerable a las palabras que hieren y lastiman. Fortalece mi espíritu con ese bendito testimonio de que soy tu hijo amado. Úsame también para hablar estas palabras a la vida de otros. Amén».

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