Encontrarás a Cristo en las Escrituras | #CharlesSpurgeon

Devocional: Mañana y tarde

   «Lo busqué, y no lo hallé”.
– Cantares 3:1



Dime dónde has perdido la compañía de un Cristo, y te diré el lugar más probable donde encontrarlo. ¿Lo perdiste en el encierro de la comunión reduciendo tus tiempos de oración? Entonces es allí donde debes buscar para que te encuentres con Él. ¿Perdiste a Cristo por el pecado? Pues no encontrarás a Cristo de ninguna otra manera sino apartándote del pecado, y buscando mortificar por el Espíritu Santo el miembro en el que aún habita la lujuria. ¿Perdiste a Cristo descuidando el estudio de las Escrituras? Entonces encontrarás a Cristo en las Escrituras. Se trata de un verdadero proverbio: “Busca una cosa donde la dejaste caer, pues allí estará.” Por tanto, busca a Cristo donde lo perdiste, porque no se ha desaparecido. Pero es un duro trabajo recuperar a Cristo. Bunyan nos dice que el Peregrino encontró como la parte más dura del camino, aquella en que tuvo que retornar a la Enramada del Descanso donde dejó abandonado el rollo. Veinte millas hacia adelante son más fáciles que volver atrás una milla para buscar la evidencia perdida. Ten cuidado, entonces, de que cuando encuentres a tu Maestro, lo aferres a ti. Pero, ¿cómo es que le has perdido? ¡Uno podría pensar que nunca se separará de un amigo tan valioso, cuya presencia es tan dulce, cuyas palabras son tan reconfortantes, y cuya compañía es tan querida por ti! ¿Cómo es que entonces no velarás en todo momento temiendo perder la vista de Él? Sin embargo, aunque lo hayas dejado ir, ¡qué misericordia es que lo estés buscando, aun tristemente gimiendo, “¡Quién me diera el saber dónde hallar a Dios!” (Job 23:3). Sigue en la búsqueda, pues es peligroso estar sin el Señor. Sin Cristo eres como un rebaño sin pastor; como un árbol sin agua en las raíces; como una hoja marchita en la tempestad desprendida del árbol de la vida. Con todo tu corazón búscalo, y será encontrado por ti: sólo entrégate a la búsqueda, y en verdad, lograrás descubrirlo aún para tu gozo y alegría.

Devocional de la Noche

“Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras”.– Lucas 24:45

Aquel a quien vimos en la noche anterior como el que abre las Escrituras, es percibido aquí como el que abre el entendimiento. En la primera de estas obras Él posee muchos colaboradores, pero en la segunda se encuentra solo; muchos pueden llevar las Escrituras a la mente, pero sólo el Señor puede preparar la mente para recibir las Escrituras. Nuestro Señor Jesús se diferencia de todos los demás maestros; ellos llegan al oído, pero Él instruye el corazón; ellos tratan con la letra exterior, pero Él imparte un gusto interior por la verdad, por el que percibimos su sabor y espíritu. El más ignorante de los hombres se convierte en un académico maduro en la escuela de la gracia del Señor Jesús cuando por Su Santo Espíritu, desdobla los misterios del reino, y le otorga la unción divina por la que es capacitado para contemplar lo invisible. ¡Dichosos nosotros si nuestro entendimiento ha sido despejado y fortalecido por el Maestro! ¡Cuántos hombres de profundo aprendizaje son completos ignorantes de las cosas eternas! Conocen la letra de muerte de la revelación, pero su espíritu que mata no pueden discernir; tienen un velo sobre sus corazones que los ojos de la razón carnal no pueden penetrar. Tal era nuestro caso hasta hace poco; nosotros, que ahora vemos, estuvimos una vez completamente ciegos; la verdad era para nosotros como la belleza en la oscuridad, algo desapercibido y pasado por alto. De no haber sido por el amor de Jesús, estaríamos en este mismo momento en la completa ignorancia, ya que sin Su gentil apertura de nuestro entendimiento, jamás habríamos alcanzado el conocimiento espiritual como tampoco un niño puede subir a las pirámides, o un avestruz remontarse a las estrellas. El Colegio de Jesús es el único en el que la verdad de Dios puede ser realmente aprendida; otras escuelas pueden enseñarnos lo que se ha de creer, pero solo Cristo puede enseñarnos a creer. Vamos a sentarnos a los pies de Jesús, y por la oración ferviente clamemos por Su bendita ayuda para que nuestro sordo ingenio pueda crecer más brillante, y nuestro débil entendimiento pueda recibir las cosas celestiales.

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