Pastores corruptos

  «Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto; no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey». — 1 Pedro 5.2–3

Por Christopher Shaw
Permítame volver al sentido básico del término «corrupto», que se refiere a algo que ha perdido la pureza de su estado original. En este sentido, el texto de la primera carta de Pedro identifica claramente las formas en que el llamado de un pastor puede llegar a adulterarse. Esto ocurre cuando se adopta un estilo de liderazgo que es completamente contrario a los principios ejemplificados por Jesús, el modelo sin igual de lo que significa ser pastor.

Pedro anima a que el trabajo del pastor sea el de apacentar el rebaño, una tarea que debe ser llevada a cabo con ternura y en forma voluntaria. Es decir, ningún pastor debe sentir que está realizando la obra por obligación, sino que la hace pura y exclusivamente por convicción personal, nacida de un llamado celestial. El que pastorea por obligación cumple con las tareas que le corresponden, pero deja de lado su corazón, porque no tiene convicción en lo que hace. Cuando esto ocurre, el pastoreo se convierte en un trabajo en el cual el objetivo es simplemente cumplir con las obligaciones.

Resulta igualmente nocivo para quienes sirven por el beneficio que pueden sacar para su propia vida. Aunque Pedro habla del beneficio económico, no queremos limitarnos a este aspecto porque el pastoreo se presta para construir una reputación, ganarse el afecto de las personas o acceder a ciertos privilegios asociados con esta función. Todo esto distrae al siervo de su función esencial, que es velar por los intereses de aquellos que le han sido confiados.

Pedro también advierte contra un flagelo de nuestro tiempo: los pastores que se enseñorean de sus congregaciones. Estos son los que creen que las ovejas les pertenecen a ellos y que estas no pueden hacer nada sin antes recibir la debida autorización del pastor. Este modelo se desvía claramente del pastor conocido en Israel, una persona que rara vez cuidaba sus propias ovejas. Más bien, trabajaba para otro que, precisamente por su buena posición económica, podía darse el lujo de contratar a alguien que hiciera este trabajo por él. Del mismo modo, el pastor que trabaja en el reino no es dueño de la vida de los que pastorea, sino que los cuida y nutre para Aquel que los ha comprado con su propia sangre. No sueña, ni por un instante, ubicarse en la postura de «señor», un título que ha sido reservado solamente para el Hijo de Dios. Por esto, su pastoreo se caracteriza por un estilo lleno de gracia y misericordia, sabiendo que cada persona tiene la misma libertad para moverse que el Padre celestial le ha concedido. Él ama profundamente a cada ser humano pero no se impone sobre nadie. La necesidad de controlar y restringir la libertad de las personas es la más clara manifestación de un amor mezquino y lleno de temores.

Para pensar:

«El deber nos lleva a hacer las cosas bien, pero el amor lleva a que las hagamos con gracia». P. Brooks.

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