Pureza de ojos

  «Hice pacto con mis ojos; ¿cómo, pues, había yo de mirar a una virgen?» —  Job 31.1

Por Christopher Shaw

¡Qué interesante la frase que utiliza Job para describir su deseo de no pecar con los ojos! Nos permite entender que el patriarca tomó, en algún momento de su vida, una decisión conciente de guardar sus ojos para que no fueran instrumentos de iniquidad. A pesar de que él vivió en una época desprovista de la contaminación visual que, literalmente, abruma nuestros ojos en estos días, igualmente sentía el peligro de reposar la vista en aquello que no le convenía.

Si sabemos que el pecado realmente es una condición que afecta nuestros espíritus, pareciera innecesario disciplinar los ojos para que no nos lleven por el camino del mal. Job, sin embargo, entendía que los ojos son las ventanas por las que entran aquellas imágenes que afectan la condición del corazón. De hecho, si consideramos por un instante la manera en que se mueve el ser humano entenderemos cuán vital es la función de los ojos. Las personas que tienen negocios invierten mucho tiempo y dinero en revestir las vidrieras, pues una fachada atractiva ganará clientes. Si nos acercamos a alguna librería que vende revistas, podremos observar con cuánto cuidado han sido elaboradas las tapas de cada publicación. En realidad, la tapa es uno de los elementos decisivos en la venta de la revista. Del mismo modo podemos detenernos a pensar en el esfuerzo que se invierte en lograr diseños atractivos en autos, electrodomésticos o folletos de turismo. Todo esto apela al profundo aprecio que tiene el ser humano por la belleza.

Los ojos, como todo lo que ha sido contaminado por el pecado, también pueden ser el medio por el cual se siembra el pecado en nuestros corazones. Estamos rodeados por imágenes seductoras que apelan a deseos profundos que ofenden a Dios. El salmista se lamentaba por la condición de los impíos, de los cuales observaba: «Los ojos se les saltan de gordura; logran con creces los antojos del corazón» (Sal 73.7). Es decir, echan mano de todo aquello que codician sus ojos, sin medir las consecuencias de sus actos.

La Biblia nos invita a disciplinar nuestra vista para que podamos usarla dentro de los parámetros que Dios ha establecido para una vida de pureza. David pide al Señor: «Aparta mis ojos para que no se fijen en cosas vanas; avívame en tu camino» (Sal 119.37). Del mismo modo el autor de Proverbios anima: «Que tus ojos miren lo recto y que tus párpados se abran a lo que tienes delante» (Pr 4.25). En el Nuevo Testamento el apóstol Juan identifica al deseo de los ojos como uno de los grandes peligros que enfrenta al hijo de Dios. «No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo», advierte. «Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él, porque nada de lo que hay en el mundo -los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida- proviene del Padre, sino del mundo» (1 Jn 2.15–16).

Para pensar:

La vista es uno de los preciosos regalos que hemos recibido de Dios. Nos toca a nosotros aprender a usarlos de manera que contribuyan a nuestra edificación. Por medio de una férrea disciplina, podemos aprender a deleitarnos en lo bueno y evitar lo malo.

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