Venderse al enemigo 

  
«Los hebreos que desde tiempo antes habían estado con los filisteos, y que desde los alrededores habían subido con ellos al campamento, se pusieron también del lado de los israelitas que estaban con Saúl y con Jonatán» — 1 Samuel 14.21 


Por Christopher Shaw

El capítulo 14 del primer libro de Samuel relata la extraordinaria hazaña de Jonatán, el cual subió contra los filisteos solamente acompañado por su paje de armas. El Señor premió su valentía con tan increíble victoria que movilizó a Saúl y a las tropas que estaban con él, que habían estado paralizadas por la indecisión. La iniciativa del joven guerrero desencadenó una serie de sucesos, uno de los cuales detalla el texto de hoy: los israelitas que se habían vendido al enemigo decidieron volver a unir sus vidas a la de sus compatriotas.

¿Qué hacían estos hombres colaborando con los filisteos? ¿Cómo podían haberse pasado a las filas de aquellos que constituían un tormento permanente para el pueblo de Dios? Para entender la razón de su decisión necesitamos saber que Israel se encontraba en una situación bastante desesperante. Los filisteos, que tenían el monopolio en la fabricación de espadas, habían subido para batallar contra ellos. Entre los seiscientos hombres que acompañaban al desafortunado rey Saúl había solamente dos espadas, las cuales estaban en manos del rey y su hijo. ¿Cómo podían estos hacerle frente a un ejército fuertemente armado? Algunos de los hebreos, viendo que estaban perdidos, decidieron echar su suerte con los que seguramente iban a triunfar, los filisteos. De ninguna manera querían estar del lado de los perdedores.

Esta decisión revela el profundo deseo de las personas de formar parte del grupo de los que triunfan en la vida. El éxito casi siempre viene de la mano del respeto y el reconocimiento de los que están a nuestro alrededor y, por haber crecido en un mundo caído, esto satisface el intenso anhelo de ser aceptados por los demás. El problema es que este deseo nos puede llevar a buscar la aprobación sin medir el precio que haya que pagar, aun hasta el punto de «vender nuestra alma por un plato de lentejas».

Cómo líderes debemos estar en guardia contra el deseo de agradar a los demás. En ocasiones estamos tan desesperados porque nuestro proyecto prospere, nuestra congregación crezca o nuestro programa logre buena asistencia, que estamos dispuestos a echar mano a cualquier método a fin de alcanzar esa meta. Sin percatarnos, podemos comenzar a negociar con los principios de un ministerio aceptable a los ojos de Dios. Aun podemos llegar a cruzar a las filas del enemigo, incorporando las técnicas, las filosofías y los principios que aseguran el éxito en el mundo. De allí que muchos pastores se mueven más como gerentes que como siervos. Nosotros, sin embargo, hemos sido llamados a estar firmes en los principios del reino. Nuestra suerte está echada con Jesucristo, y no debemos claudicar, aun si pareciera que el enemigo nos tiene cercados. Las verdades de Dios no son negociables y él respalda la vida de aquellos que se mantienen firmes inclusive cuando la mayoría se haya vendido al enemigo. ¡Aun así, seguimos siendo mayoría!

Para pensar:

«¡Bienaventurado el hombre que puso en Jehová su confianza y no mira a los soberbios ni a los que se desvían tras la mentira!» (Sal 40.4).

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