Velar por los nuestros

  «Habló Saúl a Jonatán, su hijo, y a todos sus siervos, para que mataran a David; pero Jonatán, hijo de Saúl, amaba mucho a David, y le avisó diciendo: Mi padre Saúl procura matarte; por tanto, cuídate hasta la mañana, estate en lugar oculto y escóndete». — 1 Samuel 19.1–2

No sabemos en qué extraño proceso entró el rey Saúl para que diera órdenes de que se matara a su oficial más popular, el hombre que había salvado el honor de Israel al derrotar a Goliat. Lo que sí conocemos es la terrible desfiguración que produce el pecado en nosotros, sembrando en el corazón los celos, la envidia y el odio, llevándonos aun a agredir a las personas que más amamos. El hecho es que la orden del rey de Israel no era el simple delirio de un demente; Saúl era un hombre implacable, dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias para deshacerse de David. Los días del joven pastor de Belén, mientras permanecía al alcance del rey, estaban contados.

No debemos ignorar, tampoco, que toda persona que acudía en ayuda de David correría con la misma suerte que él, aun cuando este fuera el propio hijo del rey. En el capítulo 20 del libro de Samuel, se relata un escalofriante incidente, cuando Saúl intentó clavar con una lanza a Jonatán, quien había querido defender a su amigo. De manera que Jonatán era consciente del verdadero peligro que corría al advertir a David que su padre procuraba darle muerte. No obstante, no dudó en buscarlo y compartir con él la situación.

Esta característica es una de las marcas que distingue al verdadero amigo. Hemos sido llamados no solamente a disfrutar de la compañía y el cariño de la otra persona, sino también a velar por su bienestar. Cuando vemos que corre peligro, por el motivo que fuera, tenemos la responsabilidad -la obligación, diría- de acercarnos para hablar con el ser querido.

Este paso es difícil por dos razones. En primer lugar, muchas veces vemos la situación de peligro pero creemos que la persona se dará cuenta por sí sola. Este peligro puede ser el desarrollo de una relación dañina con otra persona, o invertir demasiado tiempo en alguna actividad, o mirar pornografía en Internet. Realmente no importa cuál es la dificultad; el hecho es que la situación puede poner en peligro su propia vida espiritual y la relación con aquellos que más quiere. Lo que debemos recordar es que lo que resulta claro para nosotros rara vez lo es para la persona involucrada. Por esta razón, Dios le ha dado hermanos y hermanas que están dispuestos a hablar en el momento oportuno.

La segunda razón por la que podemos dudar, a la hora de hablar, es el temor a las consecuencias. Quizás temamos la respuesta del otro. Quizás temamos perder la amistad. Quizás creamos que otros nos van a juzgar por entrometidos, o que nuestras percepciones son exageradas. El hecho es que ese temor nos lleva, muchas veces, a callar cuando es tiempo de hablar. El buen amigo, no obstante, sabe que el amor demanda que también velemos por el bienestar del otro. Cuando lo veamos peligrar, debemos actuar. El futuro de otro puede depender de nuestra acción.

Para pensar:

«Amigo es aquel que aparece cuando los demás desaparecen». Anónimo.

 

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