El equilibrio justo 

 

«Dos cosas te he pedido, no me las niegues antes que muera: Vanidad y mentira aparta de mí, y no me des pobreza ni riquezas, sino susténtame con el pan necesario, no sea que, una vez saciado, te niegue y diga: «¿Quién es Jehová?», o que, siendo pobre, robe y blasfeme contra el nombre de mi Dios». — Proverbios 30.7–9 
Por Christopher Shaw

No creo haber escuchado alguna vez a alguien en la iglesia orar de esta manera. Tampoco puedo recordar alguna ocasión en que yo mismo haya realizado esta petición. No obstante, la petición del autor de este proverbio revela un penetrante conocimiento de la naturaleza humana que vale la pena considerar.

En la oración reconoce el peligro de los extremos, no solamente en lo que a dinero se refiere, sino a cualquier aspecto de la vida. Para los que andamos en Cristo una serie de realidades espirituales solamente producen bendición en nuestra vida cuando las vivimos en su equilibrio justo. La gracia debe ser equilibrada con el esfuerzo. La fe debe ser combinada con las obras. La verdad debe ser compensada con el espíritu. El trabajo debe ser complementado con el descanso. La fuerza del joven debe compensarse con la sabiduría del anciano. Es decir, cada uno de esos elementos encuentra su máxima expresión cuando es acompañado de un aparente opuesto que lo «completa», para usar un término bíblico.
De seguro que la mayoría de nosotros somos concientes de la existencia de este delicado equilibrio en la vida. Lo que resulta llamativo en el proverbio que hoy nos ocupa es que ha captado también el peligro que existe en el ámbito económico. Somos concientes de que la extrema pobreza produce en las personas una desesperación que podría bien llevarlos a cometer el pecado que menciona el texto: salir a robar para darle de comer a la familia. De hecho, esto se ha convertido en uno de los flagelos de la sociedad en Latinoamérica. En las grandes ciudades es cada vez más común la violencia en las calles, donde la población vive en un estado de constante inseguridad. El autor pide a Dios que lo libre de la desesperación que puede llevarlo a este tipo de vida.

Quizás para nosotros sea más difícil reconocer el peligro que trae la abundancia. Vivimos en una época en la cual la búsqueda del bienestar económico, como uno de los objetivos principales en la vida, se ha instalado en nuestra cultura.

La iglesia, siempre influenciable por el ámbito en que se encuentra, ha elaborado su propia teología de la prosperidad y muchos, sin titubear, la han abrazado de todo corazón.

El proverbio identifica, sin embargo, el verdadero peligro que existe en la abundancia: ¡los que mucho tienen, fácilmente se olvidan de Dios! No tenemos más que mirar la dureza espiritual de los países más prósperos de la tierra para darnos cuenta de cuán acertada es esta observación.

¿Cuál debe ser nuestra postura, entonces? Una vida en la que todo se dé en su justa medida.

Para pensar:

«Sé vivir humildemente y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Flp 4.12–13).

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