Si oís hoy su voz… 

  
Antes bien, exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: «Hoy», para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado, porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio. Por lo cual dice: «Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones como en la provocación». Hebreos 3.13–15

La expresión «corazón duro» se usa con frecuencia en la Palabra para describir a personas que poseen poca o ninguna sensibilidad en los asuntos de Dios. Permanecer en esta condición nos imposibilita ser tratados por el Señor y, además, no favorece la intimidad en nuestra relación con nuestros semejantes pues produce en nosotros una disposición áspera y hostil. Frente a esto es fácil creer que nuestra condición es un escollo insuperable para llegar a entablar una relación significativa con nuestro Padre celestial. Estamos atrapados por una situación que no podemos modificar, por lo que no es justo que se nos exija lo que no podemos dar. El texto de hoy, sin embargo, revela que el endurecimiento del corazón es el resultado de un proceso consciente de nuestra parte.

Es una ironía, pero el endurecimiento comienza precisamente con la misma manifestación que podría conducir hacia una mayor sensibilidad espiritual: la revelación de la voluntad de Dios. Todos nosotros recibimos, de parte de Dios, la oportunidad de alinear nuestras vidas con su Verdad. Ninguno puede argumentar que es víctima de circunstancias que no controla, pues aun cuando estábamos muertos en nuestros pecados, el Señor ya había iniciado el camino hacia la reconciliación. Conforme al corazón misionero que él posee, siempre toma la iniciativa de acercarse a su pueblo para invitarlo a una mayor intimidad en la relación con él. De modo que cada uno de nosotros escuchamos, con frecuencia, su voz que nos habla.

Sin embargo, como declara el autor de Hebreos, su voz puede producir en nosotros una respuesta errada, fruto del engaño del pecado. Nos creemos con autoridad para cuestionar, argumentar y contradecir la Palabra que él trae a nuestras vidas. Nos parece que podemos elaborar un camino alternativo al que señala el Señor y evaluamos la validez de ambas opciones. Seducidos por la astucia de nuestra propia filosofía escogemos, en algún momento, actuar conforme a nuestros propios criterios. En ese preciso instante se produce ese endurecimiento de corazón que nos aleja de la persona de Dios. Él ha hablado y nos ha invitado a caminar por sus caminos. Escuchamos y entendimos su propuesta; no obstante, escogimos hacer nuestra propia voluntad.

Si prestamos atención a este proceso podremos resistirnos a esta reacción. La persona sabia va a combatir tenazmente este proceso, «derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo» (2 Co 10.5). Entiende que la clave de una vida de intimidad con Dios está en una voluntad completamente rendida a él. No podemos darnos el lujo de evaluar si nos gusta o no lo que él nos pide.  Debemos optar por la obediencia, la cual, a su vez, producirá en nosotros corazones cada vez más blandos.

Para pensar:

«Le tengo más miedo a mi corazón que al Papa y todos sus cardenales». Martín Lutero.

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