Tan sólo 59 palabras 

  

Ellos tomaron el buey que les fue dado y lo prepararon, e invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía. Decían: «¡Baal, respóndenos!». Pero no se escuchó ninguna voz, ni hubo quien respondiera; entre tanto, ellos seguían saltando alrededor del altar que habían hecho. 1 Reyes 18.26

Por Christopher Shaw

La confrontación entre el profeta Elías y los cuatrocientos profetas de Baal constituye una de las más osadas aventuras registradas en las Escrituras. Seguramente, a usted como a mí, lo entusiasma sobremanera el gran final que tiene esta puja entre la luz y las tinieblas. Soñamos con que se produzcan historias similares en nuestros propios ministerios, aunque a veces es más fácil soñar cuando ya conocemos el desenlace del encuentro.

En la reflexión de hoy quisiera que nos concentremos en la diferencia entre las oraciones de los profetas de Baal y la de Elías. No hace falta señalar que la oración de los falsos profetas estaba destinada al fracaso porque estaban invocando a un dios inexistente. Aunque oraran diez años no iban a recibir una respuesta, pues no había quién atendiera sus peticiones. Mi interés, sin embargo, no es detenerme en este punto, que resulta obvio para la mayoría de nosotros. Precisamente por lo obvio del problema corremos peligro de pasar por alto a los profetas de Baal, seguros de que nosotros no corremos con esa misma desgracia.

Los profetas de Baal, sin embargo, representan los conceptos religiosos del mundo, el mismo mundo que nos presiona e intenta moldear nuestras vidas. Observe que ellos comenzaron a orar en la mañana y continuaron, sin interrupción, hasta el mediodía. En esto, demuestran mayor entrega y convicción que la mayoría de nosotros. Aun sin recibir respuesta continuaron clamando, hasta bien entrada la tarde, con el mismo fervor con que comenzaron. ¿Cuál es el sentir que acompaña tan enfervorizado clamor? La convicción de que a los dioses se les mueve por el peso mismo de la oración. Al usar la palabra «peso» no me estoy refiriendo a la profundidad espiritual de nuestros ruegos, sino a la carga que resulta de la abundancia de palabras combinada con la extensión de tiempo.

Aunque Cristo claramente enseñó que debíamos descartar el modelo de los gentiles (Mt 6.7), nosotros no podemos escapar a la convicción de que cuanto más tiempo oramos más eficaces seremos. Nuestros héroes son aquellos que por horas enteras oran cada día, como si hubiera algún mérito en la extensión en sí. ¡No me malinterprete! Muchas de estas personas poseen un grado de entrega que es envidiable. Pero los que les observamos, fácilmente caemos en la tentación de creer que la extensión es el secreto de una profunda vida de oración.

¿Cómo oró Elías cuando llegó el momento de invocar a Jehová? Su oración contiene apenas cincuenta y nueve palabras. No obstante, cuando terminó, cayó fuego del cielo y consumió el altar. Su oración no fue eficaz simplemente porque oró al Dios correcto, sino porque ya sabía que el proyecto en el que estaba era del Señor. No perdió tiempo valioso informando, ni tratando de impresionar con su espiritualidad. Simplemente pidió, con sencillez, y Dios actuó. ¿Le gusta el modelo? ¡Elías es un buen maestro en lo que a la oración respecta!

Para pensar:

«De cierto os digo que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18.3).

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