Limitaciones 

  
Entonces Eliseo le envió un mensajero a decirle: «Ve y lávate siete veces en el Jordán; tu carne se restaurará y serás limpio». Naamán se fue enojado diciendo: «Yo que pensaba: “De seguro saldrá enseguida, y puesto en pie invocará el nombre de Jehová, su Dios, alzará su mano, tocará la parte enferma y sanará la lepra”. Abana y Farfar, ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Si me lavo en ellos, ¿no quedaré limpio también?». 2 Reyes 5.10–12

Por Christopher Shaw

No debe escapar de nuestra observación la forma en que Naamán fue recibido por Eliseo. Era un hombre acostumbrado a que otros le rindieran pleitesía, pues ocupaba un importante puesto en la corte del rey a quien servía. Seguramente le acompañaban las más respetuosas y serviles recepciones dondequiera que se presentara. No ha de sorprendernos que él se considerara una persona más importante de lo que realmente era. En esto no se diferencia mucho de nosotros, pues fácilmente somos intoxicados con nuestro propio sentido de importancia.

Cuando llegó a la casa de Eliseo el gran profeta ni siquiera salió a recibirlo en persona. Simplemente envió a su criado con un mensaje para el gran guerrero. Sin duda, parte del trato de Dios para aquellos con los que desea entablar una relación incluye hacerlos pasar por situaciones humillantes. Aunque Naamán debió sentirse insultado por semejante comportamiento, el obstáculo más grande para su sanidad no se encontraba en esta afrenta contra su dignidad. Él mismo delata la razón por la cual se sintió tan airado: «Yo que pensaba…» Es decir, Naamán se había formado una idea de cómo sería la intervención de Dios en su vida. Al igual que muchos de nosotros, una vez que tenía elaborado su concepto de cómo actuaría el Señor era incapaz de concebir que lo hiciera de otra forma. Cuando creemos que podemos anticiparnos al actuar de Dios automáticamente descartamos otras manifestaciones; quedamos atrapados por nuestras propias expectativas. El Señor, no obstante, es tan creativo e impredecible que jamás podremos adelantarnos a la manera en que actuará. Al saber que su capacidad para intervenir es tan ilimitada, es mejor que nos armemos de un espíritu abierto, dispuestos a ser sorprendidos por las más extraordinarias y rebuscadas expresiones.

En segundo lugar, Naamán halló que la propuesta del profeta era ridícula. Si de bañarse en ríos se trataba el asunto, en su propio país había ríos de sobra y mejores que los del territorio de Israel. ¡Si hubiera sabido que le iban a proponer un plan tan absurdo, bien podría haberse evitado tan largo viaje! Pero precisamente es en este punto donde tropiezan las personas con las mentes más privilegiadas: creen que los planes de Dios tienen que poseer la misma lógica e inteligencia que los planes de los hombres. Al medirlos con esta vara, sin embargo, las propuestas del Señor son francamente incoherentes, como atestigua una y otra vez la historia del pueblo de Dios. ¡Quien pretende caminar con él debe estar dispuesto a hacer el ridículo!

Para pensar:

«Dios conoce el camino que tú tomas. Tú no conoces el camino que él toma». — E. Elliot.

 

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