Cada día te bendeciré

   Te exaltaré, mi Dios, mi Rey, y bendeciré tu nombre eternamente y para siempre. Cada día te bendeciré y alabaré tu nombre eternamente y para siempre.
Salmo 145.1–2

No sabemos en qué momento de su vida David compuso este salmo. Lo que sí podemos afirmar es que el compromiso expresado en los primeros dos versículos resumen su actitud a lo largo de toda una vida. La práctica de esta disciplina espiritual es una de las razones por las cuales el pastor de Israel alcanzó tan elevado nivel de intimidad con Dios. Asimismo, no cabe duda de que esta insistente tendencia a proclamar en todo lugar la grandeza de Dios es la que también alimentaba y mantenía viva su devoción al Altísimo.

Hacemos bien en detenernos a meditar lo que expresan estos dos versículos. Contienen un voto, la expresión de un compromiso que guiará el comportamiento del salmista en el futuro. El sentido de este pacto es similar al que intentamos asumir cuando entramos en el vínculo del matrimonio. Prometemos amar a nuestro cónyuge en todo tiempo, pase lo que pase. Quien ha transitado un trecho por la experiencia del matrimonio sabe lo difícil que es cumplir dicho voto. No obstante, la vida espiritual está fundada sobre un pacto. Es lo que la mantiene viva y vibrante a lo largo de la vida. Un pacto es una promesa, a futuro, de permanecer firmes en una postura o una convicción. No contiene cláusulas que condicionan el cumplimiento de la misma. La persona mira al futuro y establece una pauta de comportamiento que va a permanecer constante en todo momento, sean cuales sean los acontecimientos que le toque vivir.

Lo que trae el futuro es algo que ningún ser humano puede conocer. Si miramos la vida, no obstante, podemos predecir con cierto grado de certeza que lo que viene consistirá en una mezcla de cosas buenas y malas, de momentos de alegría y tristeza, de victorias y derrotas, de abundancia y necesidad. Cada ser humano está expuesto a las condiciones fluctuantes que existen como resultado de vivir en un mundo caído.

En el caso de David, su propia vida estuvo repleta de toda clase de dificultades. Se enfrentó a la tenaz persecución de Saúl. Tuvo que hacerle frente a la soledad y el abandono. Convivió con las profundas consecuencias del pecado de adulterio. Bebió de la copa amarga de ser traicionado por su propio hijo. Mas en medio de esta larga cadena de aflicciones siempre se mantuvo firme en su compromiso de alabar y bendecir el nombre de Dios.

¡Cuán marcado es el contraste con nuestra cultura, tan sujeta a los sentimientos! Creemos ciegamente en la importancia de ser «genuinos», lo que significa solamente hacer las cosas cuando «sentimos» el deseo de hacerlas. De esta manera, alabamos y bendecimos solamente cuando nuestros sentimientos nos dan permiso a hacerlo. David nos muestra que es importante sujetar nuestros sentimientos a la voluntad, practicar las disciplinas de la vida espiritual aun cuando todo nuestro ser se rebela contra esto. Es más, la insistente práctica en tiempos de adversidad puede ser la que mayor fruto espiritual deje en nuestras vidas.

Para pensar:

¿Cuán importantes son los sentimientos para usted? ¿De qué maneras entorpecen su vida espiritual? ¿Qué puede hacer para que sus sentimientos participen más en sus expresiones de devoción hacia Dios?

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