La vida en Blanco y Negro

Christopher Shaw


 

Y le enviaron sus discípulos junto con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad y que enseñas con verdad el camino de Dios, y no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres. Dinos, pues, qué te parece: ¿Está permitido dar tributo a César, o no? Mateo 22.16–17

 

Cristo adivinó inmediatamente la intención del corazón de estas personas. En su respuesta vemos que no le impresionaron ni por un instante las palabras lisonjeras con las que formularon su pregunta. «Conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por qué me tentáis, hipócritas?» (Mt 22.18).

Más allá de las consideraciones de esta situación particular, nos será de mucho beneficio reflexionar sobre la convicción que llevó a los herodianos a formular su pregunta de esta manera. Sus mismas palabras delatan una perspectiva sumamente simplista de la vida: creían que todo problema sólo tenía dos posibles respuestas. Este asunto que presentaban a Jesús no admitía complejidades, ni medias tintas.

La postura de los herodianos es muy similar a la de la gran mayoría de las personas. En parte, esta perspectiva obedece a nuestro deseo de reducir la complejidad del mundo a parámetros más fáciles de manejar. No cabe duda, sin embargo, que parte de esta perspectiva tiene sus orígenes en una actitud de soberbia que nos lleva a creer que el mundo, y todo lo que en él habita puede ser fácilmente comprendido por seres tan pequeños como nosotros.

Como pastores podemos fácilmente ceder frente a la tentación de movernos en esta perspectiva. «Todos los problemas del ser humano tienen un solo origen». «Con estos tres programas vamos a lograr el crecimiento de la iglesia». «Para un discípulo la cuestión es muy sencilla: o está comprometido o no está comprometido». Estas posturas nos llevan siempre por el camino de la condenación y la dureza. No tenemos tiempo para la gente que no tiene la misma «claridad» que nosotros. Nos impacientan aquellos que dudan, titubean o caen en el camino. Nuestro ministerio termina siendo áspero y pesado.

Cuando nos detenemos por un instante, sin embargo, nos damos cuenta de lo absurdo de nuestras afirmaciones. Nuestras propias vidas no son sencillas. Somos una mezcla de aciertos y desaciertos, santidad y pecado, verdad y mentira. Las personas que pretendemos pastorear son tan complejas como nosotros. En ocasiones sentimos que están en perfecta armonía con el Espíritu. En otras, ¡crecen a pesar de nuestros esfuerzos! ¿Y quién de nosotros puede confiadamente realizar afirmaciones acerca de Dios y la manera en que obra? Gran parte del tiempo debemos abrazarnos a la afirmación de Jesús de que la obra del Espíritu es como el viento. No tenemos idea de dónde viene, ni hacia dónde se dirige; solamente nos es concedido ser testigos de sus efectos.

Para pensar:

Todo esto deja en relieve, una vez más, el más precioso legado que nos trae el evangelio: la gracia de Dios. La gracia sostiene, consuela y orienta a aquellos que se sienten abrumados por el misterio de la vida. Es una experiencia infinitamente más gratificante que la que ofrecen nuestras prolijas teorías acerca de la vida y lo que nos rodea. La gracia nos invita al descanso, porque hay uno que todo lo entiende. Nos basta con saberlo.

 

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