Aprendiendo amar: Cómo el matrimonio nos enseña amar
“El matrimonio requiere un compromiso radical a amar a nuestros esposos tal y como son, mientras anhelamos que lleguen a ser algo que no es todavía. Cada matrimonio se mueve o hacia hacer lucir la gloria del uno al otro o hacia denigrarse el uno al otro” –Dan Allender y Tremper Longmann III
“Si trataras a un hombre tal y como es, él quedará así. Pero si lo trataras como si fuera lo que debe ser y lo que puede ser, él llegará a ser el mejor y más grande hombre” -Johann Wolfgang von Goethe
Jamás podemos amar a alguien “demasiado.” Nuestro problema es que típicamente amamos a Dios demasiado poco.
El matrimonio crea el contexto donde este amor encuentra su prueba más difícil. El problema es que el amor se tiene que adquirir. Katherine Anne Porter escribe, “El amor tiene que ser aprendido, y aprendido vez tras vez, este aprendizaje no tiene fin. El odio no necesita nada de instrucción, sino solo espera ser provocado.” 5 El amor no es una respuesta natural que brote de nosotros, espontáneamente. La infatuación sí hace eso. El amor Cristiano tiene que ser perseguido y practicado.
La cultura popular malentiende este principio por completo. Uno de los comentarios crueles y a la vez auto-condenatorios que he escuchado es el que los hombres usan más frecuentemente cuando van a dejar a sus esposas por otra mujer: “La verdad es, nunca te he amado.” La intención de esta fase es atacar a la esposa, diciéndole, efectivamente, “La verdad es que nunca te encontré amable (merecedora de amor)”. Pero en un contexto Cristiano, esto es una confesión del fracaso completo de este hombre de ser un Cristiano. Si no ha amado a su esposa, no tiene la culpa ella, sino él. Jesús nos llama a amar aun a los que son difíciles de amar–¡inclusive a nuestros enemigos!—así que el hombre que dice, “nunca te he amado” es un hombre que esencialmente está diciendo, “Nunca me he portado como un Cristiano.”
Cuando amamos bien, agradamos a Dios. Por medio de amar a los demás, traemos mucho placer a nuestro Padre. Pero el amor Cristiano se demuestra en amar aun a los más difíciles de amar. Jesús dijo que cuando tenemos un banquete que no invitemos a nuestros amigos, para que también nos inviten, sino que invitemos a los cojos, los paralíticos, los pobres, y los ciegos—aquellos que no te pueden compensar con una invitación suya (Lucas 14).
Esto es lo difícil acerca del llamado de Jesús a amar a otros. A cierto nivel, es fácil amar a Dios, porque Dios no huele, no tiene mal olor de la boca. Dios no paga la bondad con la maldad. Dios no nos denigra con comentarios feos. En este sentido, amar a Dios es “fácil.” Pero Jesús nos desafió en suma manera cuando ligó nuestro amor para con Dios con nuestro amor para con los demás.
En el contexto del matrimonio, no tenemos ninguna excusa: Dios nos permite escoger a quién vamos a amar. Dado que nosotros podemos escoger, y luego encontramos que es difícil llevarlo a cabo en la práctica, ¿qué justificación tenemos para dejar de amar? Dios no nos manda casarnos; nos lo ofrece como una oportunidad. Una vez que entramos en la relación matrimonial, no podemos amar a Dios sin también amar a nuestro cónyuge.
El divorcio representa nuestra desobediencia al mandamiento de Jesús. Es claudicar respecto a lo que nos llama hacer. Si no puedo amara a mi esposa, ¿cómo puedo amar al hombre sin hogar que pasa tiempo en la biblioteca? ¿Cómo puedo amar al alcohólico o al drogadicto? Sí, es verdad que este esposo puede ser difícil de amar a veces, pero el matrimonio es para esto: para enseñarnos cómo amar.
Que tu matrimonio estire tu amor y aumente tu capacidad de amar, enseñándote a ser un cristiano. Usa el matrimonio como lugar para ensayar, donde aprendes a aceptar a la otra persona y servirle.
5 Porter, “The Necessary Enemy,” The Collected Essays, 184.
[Matrimonio Sagrado: Gary Thomas]
Puede que le interese:
Matrimonio, el ministerio principal
Encontrando a Dios en el Matrimonio

Leave a comment